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EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS

Suite Habana



Por: Rolando Pérez Betancourt


¿Polémica Suite Habana? No más que aquellas grandes obras que en su tiempo movieron ríos de tinta y entrecruzados verbos: Chaplin, Welles, Antonioni, Kurosawa o Gutiérrez Alea, cinco ejemplos de una lista interminable. No hay obra grande capaz de poner punto en boca. Y con Suite Habana —aun sin redondearse esa categoría casi inexistente en arte que es la perfección— Fernando Pérez acaba de entregar uno de los filmes más importantes de la historia del cine cubano. No solo por los sensibles planteos que realiza, a medio camino entre el documental y la ficción, sino por la cantidad de valores formales que logra encajar en una entrega signada por los riesgos artísticos. Una película que, contrario a lo que su director ha dicho (¡su única gran equivocación!), sí puede ser asimilada, sufrida y gozada por el espectador más diverso y hasta por aquellos en apariencia menos preparados para recibir "algo" diferente a lo que están acostumbrados.

No es difícil darle respuesta a esta empatía: Suite Habana es una cinta tan sincera como sensible. Pero además, y no obstante su signo experimental, armada en la dimensión coral que otorgan sus historias con un hábil sentido del suspenso, un recurso que —ya se sabe— cuando cristaliza coge por el cuello y no suelta. Un liniero que quiere ser músico, un niño Down, su padre arquitecto, convertido en constructor por cuenta propia, una viejita que vende maní, un zapatero sesentón conocido como "el elegante", un médico que también trabaja de payaso, un joven bailarín que durante el día labora en la construcción para arreglarle la casa a su madre, un enamorado que parte a Miami tras el amor de su vida, y un empleado de hospital que abre las luces de la noche para convertirse en cantante travestido, esos son los principales involucrados en esta película apenas sin palabra (¡cubana, quién lo creería!) y sostenida en lo dramático por una sugerente fotografía de Raúl Pérez Ureta, capaz de poner a hablar tanto los gestos como los silencios de los protagonistas.

Junto a esa fotografía, que sigue a los personajes durante veinticuatro horas en una ciudad que desde sus ruidos y colores se erige en gran sujeto, resalta la música de Edesio Alejandro y lo que sin duda constituye la columna vertebral de Suite Habana, su edición, a cargo de Julia Yip. Esto último hay que recalcarlo por cuanto el mismo Fernando Pérez ha dicho que era imposible filmar con un guión en la mano todas esas historias interpretadas por sus mismos protagonistas. Maravilla entonces ver el ensamble obtenido con los ritmos cotidianos de varias vidas, una urdimbre que se integra sin altisonancia a La Habana escogida por el director para echar a vuelo su dilema artístico y que, como toda magna obra, no es un cuño, sino una vía para la multiplicidad de lecturas y comprensiones.

Claro que existen "otras Habanas" menos duras y por ratos amargas como la que ahora nos convoca, con residencias en mucho mejor estado a las que vemos y hasta similares a las que últimamente muestran nuestras telenovelas, pero por suerte ya pocos hablan de "equilibrio de factores" a la hora de abordar aspectos de nuestra realidad social. Fernando Pérez quiso pulsar una sensible tecla con esa Habana suya en lo artístico y también nuestra en lo real y logró una película fuera de serie.

Algunos lloran en el cine, otros se estremecen, o en silencio se reafirman en sus certezas batalladoras. Impasible no queda nadie. Arte grande, no lo duden.

Granma, La Habana, 28 de junio de 2003