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EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS

Suite Habana (o el terco amor)

Por:Alina Perera Robbio


Cuando terminó de verse la última imagen de la película Suite Habana y empezaron a correr los créditos, un larguísimo aplauso se enseñoreó de la sala de cine. Los espectadores ya éramos cómplices de un óleo exquisito de nuestra Isla, de una mirada tierna y comprometida —como sabe darla el director Fernando Pérez— a lo que somos, de sol a sol, tras las paredes de esta ciudad.

Hace tiempo que no veo a Fernando para hablar de la vida y de la suerte, como solíamos hacer alguna que otra tarde de domingo. Pero su último filme ha sido como un diálogo entre la bondad de su arte y mi asombro cotidiano por el modo en que Cuba teje, también desde lo pequeño, su tenacidad.

Desde mi criterio de simple aficionada al cine, me atrevo a decir que cada imagen, cada sonido y silencio de Suite Habana, están donde están, porque se hacen acompañar de una intencionalidad bien meditada. El ojo de Fernando Pérez, que ve donde otros no, revela un mundo de verdades, de las cuales, hay una que tira duro de nuestras incertidumbres y ahogos: todos los días, cuando sale el sol, hay que ponerse los zapatos y salir a vivir, a luchar, a crear; todos los días, antes de que se ponga el sol, hay que defender un espacio para nuestras fantasías, para nuestros sueños más íntimos.

Nos lo dicen esos personajes reales que desfilan durante 24 horas de un día cubano. Nos lo dicen ellos que prácticamente no hablan, que respiran entre sonidos de platos, trastazos del trabajo rudo, escapes de gas, leves caricias de las manos sobre alguna superficie...

La realidad cuenta demasiadas cosas desde las casonas raídas y de altos puntales; desde el desafuero callejero que arman los hombres por una cubana de saya breve; desde el sopor, la congestión y el agotamiento que inspira una calle al centro de La Habana; desde el ritmo, siempre igual, de alguna fábrica; desde el bregar discreto de alguna anciana dentro del mudo universo de su cocina.

Desde Suite Habana baila la belleza, esa que hay en Francisquito, el niño Down de diez años cuidado por sus abuelos y su padre viudo. Es bello ese niño que ríe, que aprende en su escuela gracias a la típica e inigualable maestra mulata que todos tuvimos en nuestros primeros años de aprendizaje. Y es bello el obrero que en las noches toca el saxofón, o el médico que es feliz actuando como payaso frente a un grupo de niños. O el joven que trabaja en la lavandería mientras hay luz, y desata todo su talento en la noche, cantando sobre el escenario de algún club. Es precioso el joven bailarín que mantiene a su familia durante el día y que en la noche danza vestido como los príncipes.

Como nosotros, casi todos los personajes de Suite Habana tienen un sueño: alguien quiere unir a su familia dividida, alguien quiere tener muchos trajes, alguien quiere vivir para acompañar y enseñar a sus seres queridos. Alguien quiere cantar o danzar como los dioses, alguien quiere conocer el mundo, alguien quiere hacer sonreír a los demás. Alguien quiere bailar en una noche sin límites. Como nosotros, los personajes transitan hacia el final del día movidos por un sueño, por una esperanza terca, por un amor que contagia como las fiebres raras y nos prueba en el arte más difícil de todos los posibles: el de vivir.

Otra vez Fernando hace su homenaje a la humildad: los protagonistas son héroes de lo doméstico, desmenuzan sus días con mucha paciencia, sin llantos. Y es así como, desde sus camitas, desde sus platos de loza o latón, desde sus iglesias o bailables de mestizos hirsutos, desde sus calles y calzadas entrañables, se convierten también en protagonistas de lo grande.

Apuntalan la Isla. Se defienden con el arma infalible de los sentimientos, esos que se desbordan en la súplica cantada del “quiéreme mucho/ dulce amor mío...” con que cierra Suite Habana. Es exacto ese final, esa súplica que alguna vez hemos regalado, en alguna noche de insomnio, a cierto amor enfermizo, inmarchitable.


Juventud Rebelde, La Habana, 6 de julio