EL
VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS
La Suite del sueño
inveterado
Por: Joel del Río
El contrapunto
entre música e imágenes es frecuente en la filmografía
de Fernando Pérez. Desde el lirismo o la crispación
de los bandas sonoras creadas por Edesio Alejandro para Clandestinos,
Hello Hemingway y Madagascar, hasta las “incursiones”
de Lennon, El Benny o Bola de Nieve en La vida es silbar, el cine
del importante realizador cubano resulta ejemplar en cuanto a
la utilización significativa, metafórica incluso,
íntimamente vinculada a la emotividad del filme, de los
fragmentos musicales, elegidos a modo de sustancial apoyatura
dramática. Más lejos ha llegado con su reciente
Suite Habana, en la cual la estructura fílmica toda parafrasea
los cánones de las suites musicales clásicas del
barroco, amén de incluir una especie de antología
sucinta de la canción cubana: Sindo, Roig y Silvio, en
tres de los momentos más hermosos que nos haya regalado
el cine contemporáneo de esta Isla.
Según
los músicos barrocos, la suite era una de sus formas instrumentales
preferidas y más importantes. Consistía en varios
movimientos, cada uno de ellos semejante a una danza, y todos
en la misma clave. Más cerca en el tiempo, a finales del
siglo XIX, la palabra suite se asociaba a cualquier fragmento
de una obra mayor e incluía varios movimientos de carácter
diverso. Precisamente esta característica de yuxtaponer
fragmentos (personajes) dominados por un motivo o intención
ha sido la voluntad de Fernando con Suite Habana, que se inspira
tal vez en algunos de los primeros realizadores de la historia
del cine, aquellos que propugnaban la semejanza de expresividades
entre la música y el cine, para entregarnos una obra coral,
por la cantidad de sus personajes relevantes; instrumental, por
su casi total prescindencia del diálogo; dividida en “movimientos”
demarcados por la historia de cada personaje, sin que tampoco
falte la zarabanda final —solemne, lenta y de prolongado
acento— epílogo de las suites barrocas de hace cine
o doscientos años.
La estrategia
narrativa del Suite Habana, su ambigüedad entre documental
y ficción, resultan factores bastante inéditos en
una cinematografía como la nuestra, poco propensa en tiempos
recientes a la experimentación formal y narrativa. Aunque
no hay que exagerar en cuanto a la sorpresa con la novedad, pues
desde Flaherty y su Nanook El Esquimal, hasta Marisol Trujillo
y Mujer ante el espejo, pasando por algunas experiencias del cinema
verité, los cinéfilos hemos presenciado múltiples
intentos por ficcionar el documental.
La estructura
del filme se concentra en el relato de un día entero, desde
la madrugada hasta el siguiente ocaso. Así, consigue adentrarse
en la cotidianidad de por lo menos ocho personas, quienes se “interpretan”
a sí mismos ante la cámara. Las más fuertes
dramáticamente giran alrededor de una anciana vendedora
de maní, del doctor-payaso cuyo hermano se va de Cuba,
del obrero ferroviario convertido en músico durante la
noche, el ropero del hospital que se torna en travesti, el niño
Down rodeado por las personas que lo protegen y el bailarín
obligado a dedicarse a la construcción.
En el primer
segmento expositivo (y acaso demasiado prolijo) se devela el sudor,
la monotonía y la escasez, pero a medida que el filme avanza,
con un ejemplar sentido del suspense, el espectador accede al
explayarse de la verdad íntima de cada personaje, penetra
en cada una de estas personales, portentosas, inmarcesibles capacidades
para crear, crecerse y soñar, muy por encima de lo contingente.
Todos, o casi todos, son presentados desde una doble perspectiva:
son gente común y al mismo tiempo excepcional, personas
erosionadas por la penuria, los obstáculos y el infortunio,
pero en ellos permanece intocada la capacidad para forjar quimeras,
para alimentar esos reductos de exaltación y espiritualidad
sin los cuales jamás trascenderíamos, ni ellos ni
nosotros los espectadores, esa triste categoría de animales
domésticos que comen, duermen, copulan y acechan.
Mis tenues
reservas a propósito de la primera mitad del filme se explican
sobre todo a partir del cierto aturdimiento que provoca el exceso
de información, el bagaje de tramas y subtramas, a lo cual
contribuye la superabundancia de letreros identificativos de cada
personaje, innecesarios dado que el epílogo identificará
a cada uno con su nombre, su breve expediente —como si fuera
necesario con lo que ya hemos visto a esas alturas— y además
expondrá de un modo un tanto obvio, textual y altisonante
la tesis del filme. No hacía falta medio que desorientar
al espectador con esa multitud de etiquetas y letreritos que no
jugarán un papel de importancia en la trama, pues a medida
que avanza el filme se va depurando una entrañable cercanía
a los personajes principales.
A pesar de
que alguna transición de una historia a la otra no sea
todo lo fluida que debió ser, aunque ciertas viñetas
humoristas queden como invertebradas dentro de un tono dominante
que no las admite, Suite Habana quedará por mucho tiempo
como la exposición cinematográficamente más
lograda de la eterna tensión entre cotidianidad erosionadora
e intimidad con ansias de trascendencia. Su retrato elocuente
del cubano anónimo sobrevuela los circunloquios vanamente
nacionalistas para articularse en preceptos humanistas de universal
resonancia.
Suite Habana
es también, como si fueran escasos los atributos ya esbozados,
uno de los testimonios fílmicos más auténticamente
humanistas, raigalmente enaltecedores y cinematográficamente
anticonvencionales en los últimos diez años de cine
cubano. El filme emociona, mejora al espectador en tanto lo conmina
a crecerse, y todos estos logros trascienden la habitual externidad
de cierto cine cubano reciente. Fernando Pérez ha consumado
en celuloide la ilusión de muchos creadores, los ensueños
de tantos sabios y la pasión de profetas y apóstoles.
La Jiribilla,
No. 3, Edición de papel, 2003