EL
VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS
AMARGO CARIÑO
Por: Rufo Caballero
En
su nuevo triple salto, Fernando Pérez ha tejido un juego
de apariencias. Supuestamente del lado de la vibrante realidad,
Suite Habana constituye un estudio de los mecanismos de manipulación
subjetiva que acuden al arte más interesado por la “reproducción”,
el verismo o la transparencia expresiva. Así es que resulta
más interesante: cuando no esconde el artificio, la planificada
puesta en escena que asiste a este, como a casi todos los intentos
de representación artística del mundo, sea cual
sea el género. Estéticamente hablando, Suite Habana
entraña una desactivación de la ingenuidad de representación,
un estimulante ejercicio intelectual, allí donde se ha
apreciado, sin embargo, verdadero realismo.
Es impresionante constatar la hipnosis de un público no
siempre selecto ante la eficacia narrativa de este largometraje
documental sin palabras, sin demasiados trucos de seducción
durante su primera hora. La gran virtud del autor está
en poder trasvasar su destreza para la narración de historias
abiertamente fictivas a un registro que simula lo documental,
juega a lo documental, y sigue siendo un plasma subjetivo de indudable
naturaleza dramática. Sólo que ahora lo ha conseguido
sin muletas, sin coartadas, sin las apoyaturas que antes le brindó
la ficción confesada. Aunque molesten un par de suciedades,
como la didáctica insistencia en los zapatos del travesti,
en calidad de valor que de algún modo anticipe la zona
oculta de la identidad, o el hecho de que por segmentos sean priorizados
paralelos o alternancias de personajes que mueven a pensar en
resonancias conceptuales cuando sencillamente hacen avanzar la
narración, es claro que la habilidad de Fernando para el
relato cinematográfico garantiza el efecto de encantamiento
que consigue Suite Habana.
No sólo ha ido empinándose Fernando hacia el Olimpo
del cine cubano contemporáneo, sino que arrastra consigo
a cuanto colaborador tiene próximo. Con Suite... Julia
Yip se inmortaliza. Así de claro. Al lado de Fernando,
Julia ha ido enriqueciendo sus potencialidades como editora, y
en esta pieza logra sutilizar muchísimo las capacidades
expresivas y dramáticas del montaje; algo que parte de
la concepción general, pero que se resuelve con efectividad
en manos de la editora. Si las anteriores películas en
que interviene el dueto eran más que todo filmes de guión
y fotografía, aquí importan en primera instancia
el montaje y el sonido; lo que también se relaciona, por
supuesto, con los códigos del documental, género
manipulador por excelencia, donde el montaje ocupa, de siempre,
un sitio privilegiado.
Lo cierto es que en Suite Habana el criterio de articulación
de los planos aporta una impactante cantidad (y calidad) de sentido
al relato. Existen tres momentos en que esa elocuencia adquiere
una densa connotación simbólica. En el primero de
ellos un personaje “escoge” unos frijoles, mientras
la cámara se permite un primerísimo plano que enfatiza,
al parecer de forma ociosa, el grupo anodino de idénticos
granos; mientras una anciana se encuentra, a pasos de allí,
automáticamente dispuesta ante un televisor que transmite
imágenes de la masa enardecida y las banderas coralmente
batidas al viento. Aquí el montaje ha operado por presuposición;
en otros casos, lo hace por el contraste que brota del paralelismo
dramático. Digamos, en la extraordinaria secuencia que
monta las reacciones de los dos hermanos ante la partida de uno
de ellos: el médico que quiere ser actor está “luchando”
como clown de fin de semana y anuncia el juego de trocar los pañuelos
en banderas, una niña extrae una estrujada bandera del
sombrero, sonríe, corte, y vemos alejarse el avión
en que parte el hermano. La secuencia termina con la imagen del
médico todavía vestido de clown, que, triste y cansado,
se pierde en el pasillo que conduce a su departamento. Esta es
una de las secuencias más activas e implosivas de la historia
del cine cubano.
Restaría un último ejemplo en el que el montaje
actúa por el choque expresivo de imagen y sonido: se escucha
el amén de un coro religioso y la masa se mueve con una
sensualidad contagiante, salida del tema sonero que se oía
en ese minuto en el salón Benny Moré. Es muy perversa
la cadencia que resulta de la superposición. Debe verse
como un homenaje a Memorias del subdesarrollo, donde ya el extrañado
dislocamiento de la correspondencia entre los elementos que componen
el montaje, resultaba en una enunciación de muy fuerte
alcance semántico y expresivo.
Se habla de la música, pero son los efectos de sonido los
que a mi juicio excandecen la facultad dramática de la
banda sonora y la conectan con los presupuestos generales de la
cinta. La artificial emulación en estudio de los sonidos
más terrenales y triviales genera una impresión
de “irrealidad veraz” o “verosímil estilizado”
que informa, a nivel de impresiones sonoras, el desplazamiento
conceptual del filme. La desconcertante dualidad se adosa también
desde la fotografía, pues las imágenes de Pérez
Ureta, a más de explorar la belleza de lo duro, lo romo,
lo ínfimo, pendula entre la verificabilidad del registro
documental y las marcas de estilo del sello Ureta-Fernando: los
planos cerrados sobre objetos, rostros o fragmentos de realidad;
el acento expresionista mediante la alteración de movimiento
en la imagen; la estricta planificación interna que anhela
sin embargo una firme sensación de naturalidad y fluencia.
De la genialidad de Pérez Ureta a mí por lo menos
no me queda duda, pero de lo que se trata en este caso es de confirmar
cómo un gran director tiene a su película en un
puño, y cada uno de los elementos del lenguaje no hace
sino ratificar el interés mayúsculo del discurso.
Por ahí anda el secreto del saber hacer cine, de poder
decir en el cine, de expresarse del mejor modo.
Claro, también de la extrema planificación pueden
desprenderse ciertos riesgos. La gran y única limitante
del cine de Fernando Pérez hasta hoy reside en la prefabricación
del efecto estético en aras de la inducción de la
emoción. A Fernando no le vendría mal convencerse
de que el espectador se emociona solo; que no hay por qué
subestimarlo al respecto. En una película como Hello, Hemingway
se hacía evidente la lástima o la crítica
que el autor sentía hacia los personajes, debilidad constructiva
que superó bastante con La vida es silbar y Madagascar,
por cuanto la racionalidad, el poder de abstracción y la
cierta aspereza de los argumentos, ayudaban a contraer el vértigo
hacia la emoción inducida. No obstante, planos como el
de Laurita acariciando el río o Laurita llorando ante el
cuadro Los niños, de Ponce, avisaban del comedimiento afectivo
que deshollinaría el cine de Pérez. Son momentos
en que la emoción se queda a solas con la emoción,
sin brotar firmemente de la historia. Excesos de cariño
que el cine de fondo, como lo es el de Fernando, no agradece.
Y no se trata de un problema fácil; estamos ante una paradoja
determinante: el valor primordial de Fernando Pérez como
realizador, o sea, la sensibilidad y la belleza de su cine, pueden
al mismo tiempo perderlo. El final de Suite Habana lo coloca,
por ejemplo, a tres pasos de Eliseo Subiela, de Martín
Hache y de toda esa tradición de cine hueco.
No únicamente el final, pero hasta ese segmento era mínimo
el desliz. Mucho se ha discutido, por una parte, la bonanza de
los personajes de Suite..., que se encuentran en una situación
límite siempre a pesar suyo; y por otra, el asolador escepticismo
del resultado que funde unos personajes generosos y un paisaje
social desastroso. Ese tipo de advertencia no me parece pertinente;
creo que proviene de los traumas dejados por el realismo socialista,
a tenor de los cuales siempre pedimos al arte “representatividad”,
que una sola obra alcance a epitomar la vastedad de matices que
comporta la ciudad, o la nación, etc., etc. Esta es La
Habana que siente Fernando Pérez, la que ve, la que le
importa, y punto. Si, como es de esperar, existen otras Habanas,
que las cuenten otros. Ahora, lo que en cambio se le pudiera pedir
al autor es consecuencia con sus mismos presupuestos: si le interesaba
la poesía del anonimato, un día cualquiera en unas
gentes cualesquiera, “el lado insólito de las cosas
pequeñas”, el rostro enorme de la vida oculta, ¿por
qué escoger, como parte de su materia dramática,
un chico con retardo mental, o una situación exagerada
como la ronda de custodios a la imagen de John Lennon en el Vedado?
Son golpes bajos, poesía perseguida (valga la imposible
paradoja), intentos de emotividad desde el instante mismo de la
primera piedra de la película.
Luego, el bloque final.
El ICAIC debe estar a punto de colocar el Quiéreme mucho
cantado por Omara Portuondo como identificación de los
mensajes telefónicos y como música incidental en
los elevadores. En Suite Habana me parece una apelación
facilista. Acompañada de las imágenes del malecón
embravecido, en una suerte de homenaje cruzado a Memorias... -otra
vez-, y, quizá, La ola, de Enrique Álvarez. Pero,
con todo y las manidas recurrencias a la insularidad trágica,
y tópica, ni lo uno ni lo otro es tan lamentable como lo
uno con lo otro: mientras más crece el patetismo interpretativo
de la cantante, más sube y se ensancha la ola, desbordando
el malecón... El efecto de manipulación emotiva
es muy obvio. Está claro que todo en esta vida, absolutamente
todo, demanda manipulación, pero el arte se distingue por
la sutileza y la singularidad de su manipulación, y es
justo todo este bloque final el que impide que podamos considerar
a Suite Habana como una obra de arte.
Por la locuacidad de las imágenes sabíamos hasta
la saturación que a esas vidas, si les quedaban sueños,
eran mínimos, fragmentarios, precarios. Lo sabíamos
por la ansiedad velada de las miradas, por el detenimiento de
la cámara en los silencios. ¿A qué entonces
la redundancia del epílogo, acaso justificable en el lugar
de un corolario estructural, donde el verbo apenas ratifica lo
que ya sobadamente se conoce? ¿Por qué el extremismo
estético del montaje corto, expresado en unos sienas apagados
y vetustos, como de fotos viejas, y la lluvia torrencial cayendo
sobre la anciana que confiesa haber extraviado todo sueño?
No tiene sueños, a uno se le ha estrujado el alma con el
tema de la compra y preparación del maní, ¿y
además tenemos que dejarla bajo la lluvia inclemente? Con
una pizca de austeridad afectiva, con el control de la emotividad
y el desistimiento de su inducción acentuada, Fernando
Pérez crecería todavía más por sobre
la densidad existencial de las historias, razón de sus
logros frente a la circunstancialidad habitual del cine cubano.
Con Suite Habana se ha armado un lloriqueo que no debe confundir
a su realizador. Los espectadores, a ratos incluso la crítica,
suelen confundir el documental con su referente. Sobre todo a
merced de tal confusión, hay muchas cosas que aplaudir
en Suite Habana: ya conocemos la entereza y la resolución
ética de Fernando Pérez. Pero en su esencia última,
Suite Habana representaba una experiencia cultural compleja, de
trasvase genérico, de intertextualidad.
No la entiendo tampoco como paso regresivo en el trabajo de Fernando,
sino como experimento independiente, que curiosamente hace ver
al autor algunos de los problemas que afectan a su imprescindible
cine de ficción. Al sumergirnos en este “texto documental”,
se vuelve evidente que, después del aplauso a la valentía
creativa del cineasta, lo suyo es la ficción, el mundo
de la subjetividad declarada.
Convencido estoy de que la discusión que ha provocado esta
película servirá de mucho a Fernando, porque si
hay un cineasta que respeta y escucha a la crítica, se
llama Fernando Pérez, aunque imponga a la postre las decisiones
que le dicta su claro credo creativo.
Él tiene un lugar excepcional en la cinematografía
cubana contemporánea, por el convencimiento con que sobrevuela
la inmediatez que entretiene y pierde a tantos otros cineastas
tampoco exentos de talento. Cuando muchos se deleitan con el muestrario
social y la expresión horizontal del entorno, sin calados
de relieve, Fernando se consagra al mundo de la espiritualidad;
y creo que ahí está el quid del respeto que tanta
gente siente por él hoy, en este país.
No quiero decir que valdría frenar otros surcos de exploración;
de siempre he saludado la diversidad del cine cubano, y lo sigo
haciendo. Pero no se trata de caminos excluyentes. Si la prevalente
voluntad de comentario social se auxiliara de la espiritualidad
que al cine mejora porque lo mejora todo, el cine cubano tal vez
rebasaría el lastre que lo pierde: el sociologismo grueso.
No otra cosa tratamos de decir todos hace algún tiempo,
sin pretender dañar a nadie. El bien de nuestro cine lo
primero que necesita es autoconciencia, capacidad de pensarse,
de incorporar y atender la crítica.
En ese sentido, las circunstancias de recepción de Suite
Habana son tan relevantes como ella misma, y digo poco si vaticino
que permanecerá mucho tiempo en la mente de los cubanos,
sembrando duda, abriendo puertas, electrizando como puede el cine
desentumecer y clarificar. La primera duda alrededor de Suite
Habana era de índole estética: atañía
a su género; pero rápido tal perplejidad se vuelve
superflua al lado del enorme interrogante que la película
deja: ¿cómo es un día mío?, ¿cómo
es de miserable mi vida?, ¿está mucho mejor el mundo?
Pareciera entonces que Fernando se ha traicionado, en la medida
en que abandona su gran premisa creativa por esta vez: el rebasamiento
de toda frontera, la incertidumbre artística. Pero no.
Nunca me he creído demasiado la imagen del Fernando Pérez
cándido, ingenuo. De eso nada. Hay aquí una deliberada
manipulación de expectativas, que parte de la estética
y llega a la vida, contrariamente al sentido en que comenzó
todo. Así vista, Suite Habana resulta más desestabilizadora
y más transgresora que un documental puro de vocación
crítica.
Este es el juego de apariencias en que nos ha encerrado Fernando
Pérez. Nos encierra, siempre que nos quiere libres.