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EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS

Suite Habana: el sonido del silencio

Por: Shelly P. Mayán

La Habana descorre la niebla fina del amanecer para que el sol entre a sus anchas y cure las brumas del sueño. Se despereza con el cosquillear de miles de seres que le desandan las calles, los portales, las fábricas, las oficinas, atomizados por un buche de café tempranero y la esperanza de que el día que comienza pueda ser mejor que el anterior.

A Fernando Pérez, importante cineasta cubano de los noventa, realizador de Clandestinos (1987), Hello, Hemingway (1990), Madagascar (1994) y La vida es silbar (1998), de los pocos que escapan de la fiebre de la comedia isleña para adentrarse en el drama, le pidieron rodara un documental sobre su ciudad para una serie de la televisión europea.

Semejante provocación artística tendría una respuesta magistral, porque a Fernando no le gustan los documentales que echan una mirada severa en derredor, como si la realidad fuera esas apariencias que se ofrecen voluntariamente a la cámara y no el mundo infinito de emociones y vivencias espirituales que cobija el alma de las personas. Como sucede siempre que se anda a contracorriente algunos se cuestionarían este punto de vista.

Suite Habana no es un documental, fue la conclusión del jurado que evaluaba las obras en competencia del pasado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Pero la polémica no queda resuelta con el dictamen que probablemente apremie a la película a concursar este año en la categoría de ficción. Aunque el filme no siga a pie juntillas las normas preestablecidas del género, tampoco viola la indispensable de contar historias reales, protagonizadas por personajes reales, a través de escenas tomadas de la realidad.

En más de una ocasión le han preguntado a Fernando sobre el tema. Con su habitual sencillez, el artista explica por qué rechazó los métodos tradicionales de la documentalística, utilizando recursos de la ficción como la luz artificial, la creación de atmósferas, el uso constante de símbolos y la puesta en escena. También realizó, ex profeso, asociaciones visuales y el entrecruzamiento de las historias de algunos personajes, hasta concretar una estructura expresiva que apuesta, consciente e inconscientemente, a la mezcla de géneros, y a lo que algunos circuitos distribuidores llaman no-ficción.

Tal parece que trasladáramos al cine la vieja disputa de si existe o no una frontera insalvable entre periodismo y literatura, o de si resulta válido o no que reportero o novelista, realizador de ficción o documentalista, se apropie de las técnicas y el estilo del otro con el fin de lograr una obra superior. Amén de críticos y académicos inconmovibles, será el público quien dé la última palabra sobre la legitimidad o veracidad de propuestas similares. Los aplausos cómplices de la noche del estreno, en la sala Chaplin, los rostros conmovidos de los espectadores, confirman esa sospecha: para ellos la clasificación purista de una película no es lo más importante.

Los rostros de La Habana

El realizador podía haber filmado otras caras de la ciudad, de hecho, en algún momento pensó abordar el tema de La Habana marginal, motivado por la trilogía del autor Pedro Juan Gutiérrez. Pero filmar esa Habana no era lo mismo que escribirla, y se desalentó. Por otro lado «sentía que si abría el diapasón a todas las Habanas posibles no tendría un resultado positivo», sino que se armaría un enredo tremendo. Así que escogió al Centro y la periferia, quizás porque «es una Habana que no veo en la prensa, ni en la televisión. Una Habana ignorada por el audiovisual».

Conocía a algunos personajes, como el ferroviario que en las noches toca el saxo en una iglesia. Otros los sabía reales sin conocerlos, como Amanda, la viejita que se gana la vida vendiendo maní tostado en las calles de La Habana; sin embargo, en el guión solo se dibujaron cuatro caracterizaciones que hubo que salir a buscar luego en la realidad.

Las demás aparecieron en el camino: un médico que en sus ratos libres se convierte en payaso y anima fiestas infantiles; su hermano, que emigraría a los Estados Unidos durante los días de la filmación; Alberto, un joven bailarín que durante el día ayuda en la reconstrucción de su vivienda y los fines de semana sube al escenario como integrante del Ballet Nacional de Cuba; Iván, un transformista que trabaja en la lavandería de un hospital y algunas noches es la estrella de un espectáculo de cabaret; un zapatero que ha reducido el horizonte de su vida a estrenarse un traje nuevo cada día; Francisquito, un niño discapacitado que encuentra la felicidad en el amor y dedicación que su familia le profesa, y su padre, arquitecto devenido albañil independiente, cuyo sueño mayor es ver sonreír siempre a su hijo.

Eran historias que podían contarse a través de la imagen, sin diálogos, sin la palabra. Y eso quería Fernando, porque «la entrevista, el lenguaje hablado, en el documental, se han convertido en el lugar común, en el recurso a mano». Ya había vivido una experiencia semejante durante el rodaje del filme Mineros, en el que no puede vencer la tentación de introducir una entrevista cuando es totalmente innecesaria.

«Desde Madagascar he tratado de confiar en la imagen y en el sonido; expresar con ellos estados de ánimo y asociaciones más complejas que las que pudiera precisar un diálogo...», dice Fernando, revelando la fórmula de la que está hecha su más reciente película. Apostarlo todo a la grandilocuencia de la imagen, a la fuerza expresiva del símbolo, de la parábola muda. Querer contar, sin palabras, las historias más íntimas: la soledad, el ocaso de la existencia, las pequeñas ambiciones, el amor, la pobreza material, el ritmo imperceptible de lo cotidiano, la alegría y el temor de estar vivos. Dejar que el silencio provoque un discurso conmovedor, en una lengua universal, son los valores innegables de Suite Habana.

El realizador juega una apuesta difícil con el gran público. En los primeros quince minutos del filme no pasa nada, no hay acción dramática en el sentido convencional. Demasiados minutos para el espectador acostumbrado a cánones cinematográficos más complacientes. Pero Fernando Pérez insiste en que el objetivo de su película es complejizar la realidad, provocar reflexiones acerca del sentido de la vida en el contexto de Cuba, de La Habana de hoy, y ello requiere la atención de espectadores críticos, que demanden del cine algo más que un rato de entretenimiento.

Como diría su autor, «Suite Habana empieza a vivir», comienza a provocar, poco a poco, esas reflexiones. Los desconocidos protagonistas, paradoja isleña, reciben al final de cada proyección los aplausos que el público suele dar a las estrellas. Quizás el público intuye que con ello se reverencia también a sí mismo, a su anónimo pero imprescindible latir en cualquier rincón de esta ciudad, a la que el mar le lame, indulgente, los costados.

Nota:
Los parlamentos de Fernando Pérez que aparecen citados en este trabajo corresponden al conversatorio que el realizador ofreciera sobre su película en la sala Galich de la Casa de las Américas, en mayo de 2003.

La Jiribilla, Revista Digital