EL
VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS
Redención
de la melancolía
(Sobre Suite Habana, una película de Fernando Pérez)
Por: Daniel Díaz
Torres
Muchas veces
se ha mostrado La Habana en el cine. Tanto, que es difícil
sustraer las imágenes de sus referentes folklorizantes
o turísticos; una Habana que no remita a las postales,
a los inveterados esquemas icónicos. Pero es curioso que
en tan pocas ocasiones las imágenes se hayan adentrado
en su familiar entorno como lo consigue esta obra inclasificable
y diferente, expresándolo con tanto calor y humanidad,
con tal precisión en aprehender lo esencial de vidas no
ejemplares, que son las que conforman el mayor estrato del universo
humano en esta ciudad. Sucesos excepcionales, fuera de las condensaciones
dramáticas que nos oferta el propio cine o la televisión,
escasean en nuestras vidas, pese a lo interesante que sea un período
histórico. Es este diario quehacer el que articula la existencia
de cada uno y no por ello nos hace menos importantes. Reivindicación
de la sencillez de nuestras vidas y de la trascendencia de cada
ser humano, por humilde y anónimo que sea: ese es uno de
los grandes temas de esta película. Y por el que comienza
su propia excepcionalidad dentro de nuestro panorama fílmico.
Esta película es una invocación poética y
casi minimalista a reencontrarnos con la grandeza anónima
de vidas comunes, en un día habanero cualquiera, sin que
lo ilumine la épica o lo edulcore el alboroto publicitario
o folklorista. Hay una otra mirada sobre nuestra realidad, una
capacidad de observación que penetra hondamente en ese
sutil y rutinario tejido de la cotidianidad y se concentra en
seres humanos sencillos y diversos, sin existencias excepcionales,
sin especiales dones que los hagan resaltar de manera aparente...
porque como se encargará de mostrar el filme, también
en sus vidas humildes hay reservas de sorpresas y maravillas.
Es difícil la poesía en el cine. Con más
facilismo que rigor se cree que se ha accedido a ella con la reiteración
de ciertos códigos ya devenidos clichés y que por
ello nunca alcanzan esa elevada dimensión artística.
Los humos que invaden el encuadre, las cámaras lentas,
ciertos hieráticos estilos de actuación o rebuscadas
imágenes de sesgo surrealizante entre otras habituales
variantes tienden a una retórica que a menudo desemboca
en el kitsch. Es curioso que el acceso a la verdadera y genuina
poesía fluya más a través de la sobriedad
que de las incontinencias seudoformalistas tan frecuentes en proyectos
de apriorística vocación trascendente.
Se ha dicho que la poesía desconfía del discurso,
que al intentar explicarla, la esteriliza y diseca. Como rara
similitud, es algo comparable a lo que ocurre con otra manifestación
del ingenio humano, el humor: cuando hay que explicar un buen
chiste, se desactiva.
¿Por qué en los instantes captados (y representados
a conciencia) del quehacer habitual de estos hombres y mujeres
sencillos que nos entrega Suite Habana hay poesía? Asumo
la contingencia de que toda explicación quizá sea
incapaz de revelarlo, pero me arriesgo a intentar una respuesta.
Los realizadores —con honestidad y cariño—
han inducido a sus protagonistas de la realidad a reproducir momentos
de sus propias existencias ante la cámara y con pudor han
sabido insuflar estos comunes instantes con el empaque visual
de la más elaborada ficción, provocando así
aquella «conciencia de la ambivalencia excitada, activa
y dinámica»1 que define el instante poético.
No se trasluce aquí una previa imposición estetizante
o la obvia manipulación de un artista ajeno al mundo en
que incursiona. Y sin embargo, acercándonos a la interioridad
de estos hombres y mujeres habaneros, el realizador consigue dar
«una visión del universo y el secreto de un alma,
un ser y unos objetos... viviendo en el lugar de los hechos la
dialéctica de las dichas y de las penas»1, como lo
expresara Gaston Bachelard.
La alusión al ensayista, filósofo y poeta francés
no la considero forzada, pues sus originales y sagaces reflexiones
sobre el tiempo (el real y el percibido...) y la poesía
enlazan coherentemente con lo que esta peculiar obra sugiere.
Como los poemas, Suite Habana no se desarrolla apegada a las narraciones
clásicas, sino que «se trama, se va tejiendo de nudo
en nudo...», en un paulatino crescendo de emociones y significados
que van sedimentándose hasta provocar ese inasible efecto
de conjunto que nos sitúa al final entre la exaltación
y la melancolía.
Y no está nada mal que la película favorezca este
segundo estado de ánimo. Demasiado escapismo extra-espiritual
nos agrede y tienta; excesos de llamados a apartarnos de esos
necesarios momentos de soledad fructífera a que invoca
la poesía y el arte. Hay una propensión al bullicio
como paliativo de las zozobras y congojas que imponen los arduos
trasiegos de la vida diaria. Diríase que más allá
de nuestra propia conciencia y voluntad, un ritmo de vida, de
ser, de actuar poco domeñable nos inflinge esta proclividad
a la bulla, que halla en la algazara, adscrita como rasgo del
amorfo «cubaneo», un alivio a la temida desesperación
existencial, proveniente de no saber como individuos si podremos
resolver y controlar nuestros problemas actuales y futuros, si
estará en nuestras manos hacerlo, si podremos conseguir
nuestros sueños, por pequeños que sean. En los momentos
colectivos de jolgorio y estrépito, se disuelven en parte
estas dudas ontológicas. Y no es que sean prescindibles
y que el hombre no necesite ocasionalmente del necesario amparo
vivencial de algarabías lúdicas o propagandísticas.
El problema siempre está en la pérdida del equilibrio,
en la sustitución de una confrontación consigo mismo,
con su ser espiritual y una nece-saria reflexión en soledad
por la persis-tente y estática evasión del bullicio.
Entonces, lejos de inquietar, ha de agradecerse esta sensación
de melancolía e incluso de sosegada tristeza que emana
del filme, nunca de matices nihilistas o desesperanzadores, pero
sí apelativa a la introspección, a mirar más
detenida y sensiblemente en nosotros mismos y en nuestro entorno,
para que percibamos mejor el fulgor en el corriente decursar de
las existencias de quienes nos rodean.
No obstante, al ruido, a la fanfarria carnavalesca de esta asombrosa
y también dura ciudad está dedicada una secuencia
de montaje en el filme, no exenta de humor. Gritos, tráfico,
estrépito de motores y taladros, músicas... Suite
o sinfonía del decibel descontrolado con la que convivimos
y participamos en sus notas, como pueblo bullanguero que también
somos... aunque nos pese cargar con esa controvertida cualidad.
Es una secuencia que en su ritmo sonoro-visual contrasta ex-profeso
con el tono general del filme, marcado por una mesura que alcanza
en ocasiones una contemplativa majestuosidad.
La película asume un ritmo pausado, que no debe confundirse
con lentitud o el tedio de quien poco domina el concepto del ritmo
cinematográfico: esa dinámica relación entre
la duración de los planos y los movimientos de atención
que suscitan y satisfacen. Cada plano aquí participa de
un peculiar convite a «meditar en los problemas del tiempo
y del instante, de la costumbre y de la vida» a través
del discurrir diario de hombres y mujeres sencillos. Valoración
del tiempo, reposo de la mirada, que convida a compartir la hondura
de la observación y hace partí-cipe al espectador
del sentido de la visión artística, que no es otro
que ese especial aguzamiento de la mirada del hombre sobre aquellas
cosas simples que le rodean y en las que sabe encontrar perturbadoras,
insólitas o conmovedoras aristas con el ejercicio tenaz
de su sensi-bilidad.
Solo reprocho en la armonía de estilo de esta obra singular
una secuencia que, paradójicamente, trasluce una sugerente
comicidad. Por mi filmografía y criterios soy un incólume
defensor del humor y la comedia, a los que jamás confinaré
a un apartheid estético condenado al estigma de la superficialidad.
Pero la otra secuen-cia de montaje próxima al «homenaje
al ruido» que asocia ollas de presión hu-meantes,
traseros admirables de haba-neras y gestos ampulosos de «piropean-tes»
la percibo como una nota de más por su obviedad de intenciones
lúdico-cómicas y por la reiteración tan cercana
de un recurso expresivo ya utilizado antes y más eficazmente.
En una obra de alcances menores quizá pasara desapercibida,
pues no deja de ser una hábil y simpática contraposición
audio-visual. Pero en este caso es una pequeña disonancia.
¿Es Suite Habana un documental? ¿Es ficción?
La polémica genérica no la considero significativa.
Habría que remontarse a Flaherty en la historia del cine
y cuestionarse la «pureza» de Nanook o El hombre de
Aran. Suite Habana es una película, una obra fílmica
artísticamente categorizada. Y lo cierto es que en su bas-cular
entre las dos grandes categorías del cine surge un sustrato
conceptual de particular interés. Al filmar a personajes
reales en sus contextos cotidianos con el lenguaje habitual de
la ficción, el realizador nos hace partícipes de
una aparente contradicción relacionada con la propia esencia
de «lo cinematográfico». La iluminación;
los encuadres y su composición interna, con la sistemática
inserción de primeros planos; el diseño fotográfico
en conjunto, remiten a la estilización de la representación
ficcional, así como al nivel del relato la construcción
dramatúrgica entreteje cada particular historia personal
como en el más elabo-rado guión de largometraje,
llegando en casos específicos a no prescindir de la sorpresa
e incluso de un justificado «suspenso». A ello contribuye
la propia estructura u «orquestación» del filme,
como en las suites musicales: la realidad reorganizada a través
de una obertura o presentación, seguida de diferentes partes
o piezas (las pequeñas historias de cada personaje), cohesionadas
temá-ticamente y por su tono...
Por hábito cultural, ficción es primordialmente
espectáculo y un medio más apto para vehicular lecturas
de significados más complejos, mientras que «documental»
es ante todo testimonio y «reflejo de la realidad»,
del que se reclama una curiosa fidelidad a la «impresión
de realismo», por lo general asociada a aquellos aspectos
expresivos que más deberían apartarnos de este,
como son el blanco y negro o las cámaras en mano, con movimientos
bruscos y encuadres desmañados.
La contenida «espectacularización» del testimonio
documental operada por el estilo concebido por Fernando, con su
deliberada estetización de lo real cotidia-no, otorga al
áspero y directo testimonio el espesor dramático
y la polisemia de la más sofisticada ficción; la
densidad de una novela y la multiplicidad de lecturas y emociones
profundas de un poema. Lo más interesante es que lo logra
no recu-rriendo a impositivas asociaciones de significados derivadas
del estilo de montaje ideológico (vehículo más
fre-cuente para manipular e inducir nuevos significados en el
documental, más allá de lo que objetivamente se
representa), sino de un método introspectivo y sereno,
que opta por guardar un mayor respeto a la integridad de esa realidad
que se expresa ante la cámara. No se trata de una revali-dación
de los muy interesantes conceptos idealistas a lo Bazin o Agel.
Está claro que «esa realidad» está reorganizada
y filtra-da por la subjetividad del realizador. Pero lo destacable
es haberlo conseguido sin que su presencia o mediación
como autor se haga obvia, estridente, intrusiva. Más presente
queda una honestidad develada en ese dejar fluir el tiempo y los
fragmentos de vida de sus personajes, acostumbrándonos
a un ritmo de reflexión. Ante nuestra mirada de espectadores
concernidos transcurren en un día vidas paralelas, disímiles
por su edad, oficios, intereses, gustos, alegrías y soledades...
vidas que se cruzan ocasionalmente, sin que el montaje presione
de modo artificial estas relaciones. La habilidad (y sensibilidad
ante todo) del cineasta se manifiesta en hacernos sentir de forma
natural y fluida las conexiones humanas dentro de este retablo
coral de comunes y a la vez excepcionales individualidades, confor-mador
de un cabal retrato de lo mejor de esta ciudad: su gente.
La película sitúa con claridad a cada uno de sus
personajes en sus espacios de vida concretos, sin externos maqui-llajes.
Belleza hay, puesto que visualmen-te la fotografía se encarga
de no eludir y plasmar la dura y contradictoria plasti-cidad de
las paredes, interiores y calles deslavadas y roídas por
la precariedad, el tiempo y la vida. Y la luz inevitablemente
embellece esos crudos rincones de la urbe; así es en la
realidad, aunque quienes los habitamos no tengamos siempre la
disposición de ánimo para percibirlo. Por suerte,
la fotografía de Raúl Pérez Ureta los recoge
y nos los devuelve, para ayudarnos a esa necesaria reconciliación
espiritual con nuestro agreste y hermoso entorno.
La ciudad está presente a todo lo largo del filme, pero
nunca como mero paisajismo. Cada plano general de la ciudad expresa
emocionalmente una «nota» en esta especial composición,
donde los seres humanos y esos aislados pedazos habaneros se entrelazan
afec-tiva y sentimentalmente. Cada primer plano esboza el cálido
microcosmos familiar de los personajes haciendo presentes, íntimos,
los objetos y acciones más comunes.
Las convencionales apoyaturas adscritas al lenguaje documental
están aquí eludidas. No hay entrevistas, ni tampoco
narradores, ni aun carteles informativos que no sean parte del
contexto de la acción «en presente» que se
desarrolla. Incluso el sonido directo se ha «estilizado»,
integrándose a una trabajada y austera banda sonora, ajena
al efectismo y que coadyuva con esco-gidos momentos musicales
a algunas de las más eficaces y emotivas secuencias del
filme.
Y las hay que transmiten una notable emoción y expresividad
artística, como las que contrapuntean en imágenes
las canciones La tarde, de Sindo Garay o Mari-posas, de Silvio
Rodríguez. O aquella que para mí constituirá
desde ahora un momento memorable del cine cubano, que es la secuencia
aunada por el «Amén» cantado en la iglesia
protestante y que integra poéticamente a los feligreses,
a los fanáticos deportivos en un abarrotado estadium y
a la masa de bailadores en un baile popular colectivo... Experimentamos
ante esta refinada asociación una esti-mulante emoción
de conmovedora huma-nidad, una sensación muy terrenal de
solidaridad humana y espiritual que co-munica por sí sola
el tema esencial del filme. Que las partes expresen el todo es
por lo general requisito reclamado en la orgánica armonía
de una obra artística, lo que aquí se cumplimenta
de modo ejemplar. Y el filme en su totalidad trasunta esta armonía,
que más que voluntad de estilo o de impresionar es honesta
expresión de una sensibilidad y un amor por la ciudad y
su gente sencilla. Esa serena pasión se siente; no se presta
con facilidad al frío análisis; es tan refractaria
al discurso didáctico como la auténtica poesía.
Sé de todas las dudas e incerti-dumbres que acompañaron
la realización de este proyecto... ¿Otro documental
sobre La Habana? ¿¡Y de largometraje...!? ¿De
qué hablar? ¿Qué contar y expresar que interese,
después de tantas imáge-nes habaneras ya digeridas,
publicitarias unas, miserabilistas otras; populacheras y folkloristas
por un lado o regodeándose en lo vetusto y carcomido por
otro..? Son ventajas de la buena amistad conocer de cerca este
dilema creativo de Fernando. Tan noble sentimiento no creo me
haya conducido al acriticismo o a la celebración fácil.
Me arriesgo a confesar que cierta artificialidad sentida tanto
al nivel del relato como del lenguaje mermaba en mí los
alcances e indiscutible interés de su obra anterior La
vida es silbar. Pero ahora, en Suite Habana, un penetrante y legítimo
compromiso afectivo y ético con su realidad y con cada
uno de sus personajes hace que la forma nazca desde dentro, desde
la emoción y la generosidad de la solidaridad humana. Estoy
convencido que Fernando llegó a conformar el estilo de
esta obra diferente no partiendo de una conceptualización
racionalista y fría, de un cerebral empeño de innovar
y trascender o por el externo impulso de «hacer algo distinto».
Con reveladora sencillez, Fernando decidió concentrarse
con humildad en lo más elocuente, directo y trascendente;
en lo que verdaderamente alumbra la Geo-grafía urbana de
esta irreductible parte del mundo, aún en Revolución,
que es su gente; la auténtica gente de pueblo, sencilla
y anónima; la que nos rodea y pasa inadvertida, como nosotros
a ella, aunque no parezca irradiada por la épica...
Sobre la consecución de los sueños posibles, el
hermoso epílogo con que concluye Suite Habana el itinerario
en la jornada de sus personajes, hay una anécdota fuera
de la diégesis del filme que confirma su generoso axioma.
Amanda, la anciana vendedora de maní, la que parece no
concebir sueños más allá de su crepuscular
soledad, reencontró una ilusión. El productor del
filme fue a su casa a hacerle unas fotos para la divulgación
de la película. Y se encontró a una Amanda con su
cabello teñido, con un vestido nuevo, reanimada. Alguien
le había dicho que la película sería estrenada
pronto en première... y ella era una de las protagonistas,
la inusitada «estrella» de un filme que ella misma
vaticinaba como «importante». Ese era su soterrado
sueño. Lo que confirma que todos, los más insignificantes,
los menos heroicos, conservamos en nuestro ser —a veces
a flor de piel, a veces en lo inson-dable— la materia extraordinaria
de la que están hechos los sueños.
Sospecho que modestamente, sin alharaca que le preceda, Fernando
ha conseguido una de las películas cubanas más importantes
de las últimas décadas. Y no creo que me lleve a
esta intuición una tardía vocación de «gurú»
crítico. No soy tampoco de los que opina que talento y
modestia hagan a menudo buena comunión. Como escribiera
Carlos Marx citando a Goethe, «Solo el mendigo es modesto...
¿y queréis transformar el espí-ritu en tal
mendigo?»2 Pero cuando ambas virtudes confluyen, como es
el caso, es cierto que ese inexplicable arcano que es el arte
resulta aún más fascinante.l
NOTAS
1. Blanchard, Gastón. La intuición del instante.
Edit. Fondo de Cultura Económica.
2. Marx, Carlos. «Notas sobre la reciente Ins-trucción
prusiana relativa a la Censura» en Sobre la Literatura y
el Arte. Recopilación de Editora Política. La Habana,
Cuba.
Cine Cubano,
La Habana, No.
Daniel Díaz Torres (La Habana, 1948). Su entrenamiento
como realizador de casi un centenar de emisiones del Noticiero
ICAIC Latinoamericano marchó paralelo a su tra-yectoria
en el cine documental. El largometraje Jíbaro basado en
el documental homónimo constituye su opera prima en el
género. Completan su filmografía Otra mujer (1986);
Alicia en el pueblo de Maravillas (1991); Quiéreme y verás
(1994); Kleines Tropikana (1997) y Hacerse el sueco (2000). Actualmente
se desempeña como Jefe de la Cátedra de Dirección
de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los
Baños.