Bastardos sin gloria o la oportunidad de sentarse y confesar

                                    Es propio de los malos pensamientos la obscuridad, el discurrir en el ocultamiento;      
                                de ahí la tarea difícil y a la vez infinita de recorrer todos los pliegues de la conciencia     
                                                    para iluminarlos mediante la expresión verbal; ella es, per se, purificadora.
     
                                                                                                                       Jorge Álvarez
    

Con parsimonia afectada, se presenta el coronel alemán Hans Landa ante el granjero Permier Lapadite, «hombre libre» que es forzado a conversar –o mejor dicho, a confesar– cuestiones judías en su propia casa. Hay que sentarse para mitigar las relaciones de sumisión que cada uno mantiene consigo mismo y con el otro. Se necesita la serenidad relativa en un contexto harto intimidante pero incapaz de impedir el esparcimiento de la interioridad hecha palabras. Ay, la confesión con sus trampas, tan conocidas por Landa. Más que confirmar, este hombre que parece saberlo todo apuesta por el cómo se dicen las cosas. De ahí que le guste escuchar y ser correspondido; no está de más que ande con rodeos, él ya lo sabe: el domicilio donde ha tomado buena leche huele a judíos. Luego de la revelación esperada, solo queda violarlo, pero con un estilo más cercano a lo nazi que a la pasión supuestamente poética del Quentin Tarantino actual. Aunque cabe reconocerle el haber dejado en el plano de las sugerencias las imágenes conclusivas de la lluvia de balas. Basta con que una Shosanna salpicada de sangre escape de la secuencia y, en apariencia, de la trama futura. Esa sutileza emerge de los buenos directores.

¿Y por qué la acción tiene su origen en la Francia de los años cuarenta del pasado siglo? Pues porque este creador sabe de Historia, mas no le interesa la macro ni siquiera la más verosímil, sino la que él se inventa a partir de una banda multicultural que, dirigida por un militar benefactor (Ed Fenech), quiere purgar a la humanidad de sus peores hijos. Hay que pagar con la misma moneda y espectacularidad: mediante el certero golpe del Oso Judío, el arranque del cuero cabelludo de los nazis muertos y la marca de la svástica en los que dejan vivos para que después testimonien frente a uno de los Hitler más estúpidos y risibles concebidos para el cine.

Quentin Tarantino vuelve a engranar su obra a manera de capítulos. Con Bastardos sin gloria pretende ganar en el qué a partir del cómo más convencional. Están sus flashbacks sugerentes y a veces necesarios; no obstante, son deslucidos por un plano horizontal donde narra con elegancia, gracias a una puesta en escena admirable que arropa la desnutrición de cuanto cuenta.

¿Y de qué va Bastardos sin gloria? ¿Acaso de que se pudo hacer más en contra de la potencia nazi? La cuestión no es: ya lo pasado-pasado no me interesa. Uno se debe al ayer y no todo se debe borrar. Mas, ¿por qué no proponer otra construcción histórica para fastidiar en la actualidad? Ello está en el filme, pero sin descollar. Más allá de la parodia, advierto cierta exhortación en aras de una disposición plural, un estado de ánimo en función de la cultura, sustentado en un plebiscito casi mundial de la comunidad, para embestir siempre al poderío de una «individualidad», tan aberrante como la del Tercer Reich. Pero no son los muchachos encabezados por Aldo Raine quienes sugieren cultivar lo humano. Lo de ellos es matar por encargo y, en última instancia, por venganza. Convencen mucho más los esfuerzos convergentes de esas dos féminas admirables (Bridget van Hammersmark y Shosanna), que son en definitiva las mayores sacrificadas y las más consecuentes de esta historia. Eso sí, después de Hans Landa.

De esas escenas reveladoras de Bastardos sin gloria sobresale la del primer juego de cartas, cuando Bridget, refiriéndose a Hamlet, le aclara a un soldado alemán: «la nacionalidad del personaje no tiene que ver con la nacionalidad del personaje». Entonces deja entrever que a veces las circunstancias determinan que se interiorice la nación, aun la lejana, en aras de motivarse para hacer algo por la patria o la humanidad que está por llegar, la que tal vez merezca defenderse. Eso asoma en el nivel del subtexto, aunque me parece que está difícil de desentrañar. Acaso Tarantino pretendió reflejarlo también en la horda masculina, pero lo logra a puñetazos en esas dos mujeres que entienden tanto de crímenes como de terrorismo.

¿Existirá otra sustancia en Bastardos sin gloria que me aluda al Tarantino poeta de otros años? Quizás necesite detenerme en esta película cinco veces más. Por ahora, lo que reconozco del autor son los largos y ocurrentes parlamentos de sus personajes, que precisan reclinarse porque prefieren la confesión a los impulsos ardientes. Esta última propuesta del otrora bardo de la violencia estimula el lucimiento verbal de unos personajes que se van aniquilando en esa manía de sacar a la luz la propia interioridad; hasta el fascinante Hans Landa, que comete la indiscreción de forjarse castillos en el aire frente a Aldo Raine. Sin embargo, es tan cínicamente genial al degenerar de su origen, que se merece mucho más que la cruz gamada en su frente. Landa es el único bastardo de esta historia que merece la gloria y no precisamente por ser nazi. Ahora recuerdo aquello de Stefan Zweig: «La inmortalidad no sabe nada de moral o inmoral, del bien y el mal, solo necesita obras y pujanza, ejemplo y forma. Para ella la moral no es nada; la intensidad, todo.»

Daniel Céspedes (Isla de la Juventud, 1982), graduado de Historia del Arte, se desempeña en la actualidad como director y asesor de programas en Radio Guamá, Pinar del Río. Ha colaborado con revistas como Cauce y La Gaveta.