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6ta.
Muestra Nacional de Nuevos Realizadores
20 al 25 de febrero de 2007
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MEMORIA |
| Homenaje
a Oscar Valdés |
Por Alberto Ramos
Tomado de Rachel
K., la extraña aventura de Oscar Valdés
en Coordenadas del Cine Cubano, tomo
II, Editorial Oriente, 2005
El 28 de abril
de 1977, cuatro años después de
terminado, se estrenó en La Habana El
extraño caso de Rachel K. (1973),
primer —y único— largometraje
de ficción dirigido por Oscar L. Valdés,
un director que venía de la escuela documental
cubana de los sesenta. La carrera de este cineasta
había ido en ascenso durante aquella
década; sus trabajos más encomiados
en aquel entonces, Vaqueros del Cauto
(1965) y El ring (1966), se distinguían
por mezclar la fascinación del director
por el cine clásico norteamericano con
su voluntad de trasladar la estilizada retórica
de aquellas ficciones al superobjetivo recurrente
de sus documentales, “[el] hombre enfrentado
a los trabajos de características violentas,
peligrosas, duras, es decir, el hombre frente
al peligro, el hombre en la aventura”.
El resultado provocaba siempre la sensación
de presenciar un acercamiento a la realidad
que descubre y explota los elementos de ficción
inscritos en la misma, pero sin abandonar su
vocación por la impresión de autenticidad
que consigue el registro directo. Coherente
con esa estética del “diálogo”
entre dos modos tradicionalmente opuestos de
asumir el cine, Oscar Valdés intensificó
sus esfuerzos en aquella dirección a
comienzos de los setenta, y filmó un
corto de ficción excepcional, Escenas
de los muelles (1970), con textos improvisados,
actores no profesionales y sonido directo, donde
intercaló una reconstrucción del
asesinato del líder portuario Aracelio
Iglesias y además, entrevistaba a un
testigo de aquellos hechos. Al respecto, declaró
en aquel momento: “Me interesa hacer un
cine en el que no sucedan cosas extraordinarias,
sino hechos cotidianos (...), en el que no se
pueda definir la frontera entre realidad y ficción.”
En Escenas de los muelles la historia rebasa
con creces los 29 minutos de metraje; basta
reparar en el final, imprevisto y atropellado.
El propio realizador, en retrospectiva, lo consideró
un trabajo fallido. No obstante, amén
de presentar un asunto apenas tratado en el
cine revolucionario —la marginalidad—
y conseguir unas preciosas texturas al captar
ciertos ambientes, como los bares del puerto
y las bodegas de los barcos (que, en ese orden,
remiten al Cassavettes espontáneo y cálido
de los inicios, y a la severa geometría
expresionista de Lang), Oscar Valdés
avanzó un notable trecho en su búsqueda
de una convergencia entre ficción y documento,
logrando concretar de alguna manera un modo
de moverse hacia lo primero desde lo segundo.
Esta “estética de la confluencia”
se refinó en su próximo filme,
Muerte y vida en el Morrillo (1971),
modelo de lo que por aquella época se
dio en llamar docudrama. Tomando como argumento
el asesinato de Antonio Guiteras, el director
se traslada al lugar de los hechos, y moviéndose
libremente entre el pasado y el presente, recrea
los acontecimientos alrededor de la muerte de
Guiteras en una manera que recuerda a la película
norteamericana Su último refugio (High
Sierra), mientras un testigo se mantiene narrando
los hechos en primer plano. Con Muerte y
vida en el Morrillo celebrado unánimemente
por la crítica cubana, parecía
que el camino quedaba allanado hacia un proyecto
más ambicioso, en que cristalizaría
aquel estilo laboriosamente forjado por este
documentalista cubano.
A comienzos de
los setenta, específicamente entre 1973
y 1975, un grupo de realizadores del cine documental
debuta en la dirección de largometrajes
de ficción: Manuel Pérez (El
hombre de Maisinicú, 1973), Oscar
Valdés (El extraño caso de
Rachel K., 1973), Sergio Giral (El
otro Francisco, 1974), Sara Gómez
(De cierta manera, 1974) y Enrique
Pineda Barnet (Mella, 1975). A los
54 años, O. Valdés era con mucho
el más viejo de aquella promoción,
de manera que El extraño caso...,
debió parecerle a no pocos la liquidación
de una deuda pendiente con el prestigioso documentalista.
Al parecer, la filmación enfrentó
graves problemas desde el principio y el director
no quedó conforme con los resultados.
El retraso en su estreno podría indicar
que tampoco se sentían cómodos
los responsables de la política cultural
cinematográfica a la sazón. Hasta
sus últimos días, el cineasta
renegó de la película. En la última
entrevista que concedió, poco tiempo
antes de su muerte, todavía declaraba:
“...no me gustó el resultado, no
es la película que había imaginado.
Tuvo muchos problemas: recursos limitados para
una película de época; dificultades
con la selección de actores; algunas
discrepancias con el equipo de realización
y problemas de guión graves. En fin,
me dejó un poco decepcionado.”
La “decepción”
imprimió una fuerte huella sobre el resto
de su obra, a juzgar por el evidente retroceso
que sufrió su carrera en lo adelante.
Oscar Valdés se fue acomodando a un estilo
complaciente, simplificador, marcado por el
didactismo, a medio camino entre la ingenuidad
y la falta de imaginación, como si regresara
a sus tiempos de las notas para la Enciclopedia
Popular, ahora sin dudas con algo más
de oficio y posibilidades. Es la época
de los homenajes a grandes figuras de la cultura
cubana, principalmente músicos, como
Rita Montaner, Lecuona, Arcaño y sus
maravillas, María Teresa Vera, Roldán,
Caturla y Los Van Van. Tampoco faltan artistas
plásticos, historiadores, escritores
y figuras políticas (Antonia Eiriz, Rita
Longa, Fernando Ortiz, Juan Marinello, Carilda
Oliver, Jesús Menéndez). De igual
manera, en varios de estos documentales se reivindican
auténticas manifestaciones del arte popular
como la rumba, el danzón y la comparsa;
mientras en otros O. Valdés da cuenta
de una inveterada fascinación por el
mundo del deporte. (…) Al final de la
última entrevista que concedió,
cuando el investigador Pedro Noa le pregunta
qué hace actualmente, no tiene a menos
comentar que mientras edita un documental sobre
gimnasia femenina, ya está buscando “otra
idea documental, para hacerla de inmediato”.
Para aquel tiempo, el recuerdo de El extraño
caso..., ya no evocaba tanta amargura y
frustración en el cineasta, sin que esto
quiera decir que terminó reconciliándose
con ella.
“Como siempre,
bromeaba de un posible remake de Rachel,
con todas las 'leyes' de los filmes de serie
B.” Por fuerza, la pregunta sale a relucir
en este caso, tratándose de una película
que a todas luces implicó un punto de
giro nefasto en su carrera. ¿Era en verdad
un filme inferior, malogrado de principio a
fin, al punto de merecer el rechazo de su director
y el olvido condescendiente de otros muchos,
incluyendo a los críticos? A treinta
años de realizada, aún permanece
una suerte de leyenda negra alrededor de El
extraño caso... No estaría
mal acercarse de nuevo, con la distancia y serenidad
que el tiempo permite, para examinar sus aciertos
y desajustes, relacionándolos con las
circunstancias, un tanto peculiares, en que
se produjo. (…)
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Muestra
Internacional: Abierta, pertinaz y sin prejuicios |
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Por
Joel del Río
Algunos,
pocos, espectadores y jóvenes cineastas consideran
que la Muestra Internacional carece de utilidad y
sentido. Los “argumentos” en contra suelen
provenir en dos cauces: una vitrina tan amplia y poderosa
de la creación juvenil en el mundo puede opacar,
eclipsar, los productos nacionales (interés
básico de estas Muestras) y además carece
de utilidad práctica puesto que en su mayoría,
cuando proceden del primer mundo, las obras fueron
realizadas en condiciones de producción que
exceden los presupuestos disponibles por el más
poderoso de los jóvenes realizadores cubanos.
En ambos sentidos se exagera. No hay nada que sustituya
la visión de los cubanos sobre lo que mejor
conocen, y tampoco los dineros disponibles han sido
nunca garantía de calidad y mucho menos de
osadía.
A pesar de aquellos,
y de otros prejuicios, aquí está otra
vez la Muestra Internacional, con el mismo empeño
de las entregas anteriores: informar, sugerir, documentar,
conectar con el mundo, romper imbéciles aldeanismos,
demostrar que lo importante para hacer un buen filme,
largo o corto, caro o barato, en Atenas, Río
de Janeiro, París o La Habana, es tener una
cámara en la mano y una idea en la cabeza.
Si se dispone de la cámara, y también
están las historias y temas posibles, pero
no se ha visto lo suficiente sobre lo que han hecho
otros, en cualquier latitud, y en muy similares circunstancias,
el resultado carecerá de equilibrio, atravesará
los corredores del provincianismo y la falta de comunicación
con el ambiente epocal.
Es fuerte la presencia
latinoamericana, y también la española
por razones de afinidad cultural que no hace falta
repetir aquí. Contamos con de Argentina, Ecuador,
Perú, Brasil y México, que nos envió
su película más premiada del año
pasado. Para abrir la Muestra, como presentación
especial, hemos seleccionado, con la anuencia de su
joven realizador, uno de los mejores documentales
exhibidos en cualquier lugar durante 2006. En
el hoyo quiere reflexionar, y lo consigue con
creces, e inmensas cotas de emotividad y hondura,
sobre la relación entre la pequeñez
humana y la grandeza también humana de los
titánicos empeños que pueden conseguir
muchas manos puestas de acuerdo. Entre decenas de
momentos memorables, tiernos, místicos, íntimos,
reveladores, En el hoyo presenta una de las
secuencias finales más estremecedoras vistas
en el cine contemporáneo.
Regresan las representaciones
sumarias de algunos prestigiosos festivales de intención
más o menos similar al nuestro. Por la excelente
acogida que disfrutaron en ediciones anteriores —entre
ese público capaz de disfrutar una buena película
sin detenerse a filtrar desde prejuicios como la nacionalidad,
la extensión, el género, o el prestigio
de los implicados— proyectaremos algunas de
las obras de ficción, documental, animación
o experimentales, destacadas en los festivales de
cortometrajes andaluces, Málaga, Benalmádena,
los Némo
Clermont Ferrand y Signes de Nuit, el centroamericano
de creciente prestigio que responde al significativo
nombre de Icaro, TheOneMinutes BelgianOpen (cortos
de solo un minuto), el canadiense Prends ça
court! (de Montreal), entre muchos otros eventos cuyas
obras seleccionadas y premiadas demuestran, por su
abundancia y calidad, la preeminencia de la creación
juvenil y debutante en el mundo entero, a partir de
la democratización del medio audiovisual favorecido
por las nuevas tecnologías, el auge de las
escuelas de cine y la enseñanza auxiliada por
imágenes, y el creciente poder de los medios
en todas las esferas de la cultura.
Mediante estas secciones
informativas de lo que acontece más allá
de nuestras costas es posible crear un público
alternativo, que se rebele contra las excesivas regulaciones,
convenciones y prevenciones del cine y la televisión
comerciales, al tiempo que se propone un tipo de obras
marcadas por su intención cultural, artística,
de trasgresión y sorpresa.
La Muestra Internacional,
paralela pero profundamente afín a la nacional,
es más que un lujo. Viene siendo ya una necesidad
para buena parte del público, la prensa y los
realizadores. Ojalá seamos capaces de aprovecharla
a plenitud.
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Cámaras
de la diversidad cultural |
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Con la adopción
histórica de la Convención sobre
la protección y la promoción de la diversidad
de las expresiones culturales (2005), la salvaguarda
de las culturas indígenas, su acceso a los
medios de expresión y difusión, así
como la promoción del pluralismo en dichos
medios se han convertido en imperativo absoluto en
el contexto de la globalización. Es necesario
que la diversidad humana ocupe su lugar en el corazón
de las políticas para el desarrollo cultural
y la comunicación.
Estimaciones fiables
ofrecen la cifra de 40 millones de indígenas
en América Latina, cifra muy superior a la
recogida en los censos. La mayoría habita en
cinco países: México y Guatemala y los
países andinos Bolivia, Ecuador y Perú.
Existen también poblaciones indígenas
importantes en países como: Brasil, Chile,
Honduras, Panamá y Venezuela. Muchos pueblos
indígenas viven aislados, en comunidades rurales
alejadas y en asentamientos urbanos marginados sin
acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación
y a menudo sin la capacitación necesaria para
revitalizar sus recursos culturales como factor de
diálogo intercultural.
El programa “Tecnologías
de la Información y de la Comunicación
para el Diálogo Intercultural”
(ICT4ID), lanzado en enero de 2004
por la UNESCO, como resultado directo del Foro Internacional
sobre Expresión Cultural Local y Comunicación,
celebrado en Santo Domingo, en Noviembre de 2003,
es un programa transversal de los sectores Cultura
y Comunicación, que estimula la formación
y profesionalización en materia de comunicación
de los miembros de las comunidades marginadas, a fin
de que se conviertan en sujetos creadores de su propia
palabra e imagen, a la vez que sensibiliza a nivel
nacional e internacional sobre la creatividad indígena
y la importancia de la diversidad cultural.
El proyecto tiene el
propósito de contribuir a la preservación
de las culturas indígenas a través del
acceso de estos pueblos a las nuevas tecnologías
de la comunicación y la información
y el fomento de la producción de contenidos
locales indígenas. Pretende aprovechar
las oportunidades que ofrecen estas tecnologías
para reforzar el diálogo intercultural entre
los indígenas y otros grupos de población,
tanto urbanos como rurales, a la vez que se refuerza
la identidad cultural indígena, contribuye
a luchar contra los estereotipos y la folclorización
cultural y valoriza el patrimonio inmaterial de estas
comunidades (lenguas, mitos, tradiciones oral, cantos,
modos de vivir, etc.). El programa también
busca mejorar las capacidades de los indígenas
en el uso de las TICs, abriendo así nuevas
fuentes de ingresos económicos para estas comunidades.
En América Latina,
el programa apoyó varias comunidades indígenas:
Quechua, Aymará, Kikanantay, Rapa Nui y Mapuche
a través de actividad de capacitación
y entrenamiento en producción audiovisual y
televisión comunitaria o a través de
actividad de promoción de las obras en importantes
festivales de la Región.
Además, la Oficina
Regional pone a la disposición de
los realizadores indígenas una Red de los realizadores
latinoamericanos y caribeños, la Red de
Difusión – Cine Indígena: Las
Cámaras de la Diversidad, que tiene como
objetivo promover las obras de los Cineastas Indígenas,
dar una voz a los sin voz, a los que sin tener acceso
a las grandes producciones desean expresar la diversidad
de sus talentos y culturas.
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El
más olvidado |
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Por Arturo Arango
Guionista
Tuve
mi primera experiencia en un taller para la formación
de guionistas en 1986. El ICAIC, bajo la presidencia
de Julio García Espinosa, quería incorporar
a sus proyectos la voz de los que entonces éramos
jóvenes escritores cubanos. Ambrosio Fornet
organizó el plan de estudios, recopiló
y editó un conjunto de textos útiles,
escogió a sus alumnos y el primer día
de clases nos proyectó Los mejores años
de nuestras vidas, de William Wyler. De regreso
al aula, su primera pregunta fue: “¿Cuál
es el nombre del guionista?” “Albert…”,
aventuró Eliseo Alberto. “No, John,
John…”, comenzó Reinaldo Montero.
“Peter, me parece que Peter algo”, aseguró
Senel Paz. “¿No es el mismo William
Wyler?”, dudó Daniel Chavarría.
Suelo narrar la anécdota a mis alumnos de
guión para hacerles entender lo mismo que
Ambrosio a nosotros: el oficio de guionista es el
más ingrato de todos los que intervienen
en la realización de una película.
“Si escogieron esta profesión para
complacer las exigencias de su vanidad, están
equivocados”, les digo.
Son
contados los guionistas “puros” que
han alcanzado cierta notoriedad por sus trabajos
para el cine. Y aún en esos casos, ¿cuántos
estudios están dedicados a los aportes de
escritores como Jean-Claude Carriere, Tonino Guerra,
David Mamet o Harold Pinter, quizás el más
afortunado de todos porque, al recibir, merecidamente,
el Premio Nobel, se recordó que de su mano
habían salido los guiones extraordinarios
que dieron pie a El sirviente, Accidente, La amante
del teniente francés, entre muchísimos
otros?
Cuando
Carriere declara que, para trasponer una vez más
al cine Cyrano de Bergerac, de Rostand, pensó
que debía trazar la historia de “una
chica hermosa y perfecta que ama a un hombre hermoso
y perfecto; pero hay un gran problema: este hombre
son dos y al final los dos se mueren y ella se queda
sola”, ¿no está reviviendo uno
de los temas presentes en Bella de día, cuyo
guión escribió junto a Luis Buñuel?
Y aún Tonino Guerra, quizás el más
dúctil de todos cuantos he mencionado, ha
ido dejando su huella en directores tan disímiles
como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni y
Andrei Tarkovski, sobre todo en esos personajes
desasidos, cuyo pasado, que casi nunca llegamos
a conocer, pesa de manera obsesiva sobre cada una
de las acciones del presente.
Por
eso me ha parecido siempre admirable la labor de
Senel Paz: no sólo por sus guiones mismos
sino por la manera como ha podido marcar su presencia
en la obra de directores tan disímiles como
Orlando Rojas, Gerardo Chijona, Tomás Gutiérrez
Alea y Juan Carlos Tabío. No me refiero ya
a señas de estilo, sino a su propio universo
narrativo. Al menos yo, no conozco otro caso en
que los personajes de un guionista vayan de una
película a otra de realizadores diferentes:
el David de Una novia…continúa en Fresa
y chocolate, como también, bajo en nombre
de Miguel, aquel que antes, y en sus cuentos, se
llama Bruno; y Nancy, nacida en Adorables mentiras,
ingresa también en la historia de Fresa…,
aunque no estuvo en el cuento que dio origen a la
película.
Por lo que vengo diciendo, parecería que
privilegio sólo a aquellos guionistas a los
que he llamado “puros”, es decir, a
los que no son también realizadores, y no
es así. Estos que vengo mencionando son los
más olvidados, los que, si bien imprescindibles
en el nacimiento de la obra y, por supuesto, en
todo el proceso previo a la filmación, después
van (vamos) desapareciendo una vez que ingresan
al equipo los actores, el director de fotografía,
los asistentes… y ya, en el minuto del estreno,
si acaso estamos presentes, somos aquel que casi
parecería escapar por el fondo del escenario.
Como
mi deformación profesional provoca que vea
las películas principalmente a partir de
la historia que cuentan, suelo respetar a los directores
que jerarquizan la calidad de ese trabajo previo,
fundamental, invisible, en el que nace todo cuanto
luego será llevado al escenario. Hay, por
ejemplo, realizadores con indudable talento para
contar historias, como Billy Wilder, Tomás
Gutiérrez Alea, Pedro Almodóvar, Quentin
Tarantino, que son, a la vez, grandes directores.
Las
películas que se exhibirán en esta
muestra, y cuyos guiones han sido, en algún
momento, merecedores de premios, parecerían
confirmar estos prejuicios explicables en quien,
como yo, ha llegado al cine desde la literatura:
Plaff… y Una novia para David, con guiones
de Chavarría y Senel, respectivamente, nacieron
en los alrededores de aquel taller de Ambrosio;
Memorias…, Juan Quinquín…, Madagascar,
Lista de espera proceden de textos literarios. Polvo
rojo es la obra del escritor que fue Jesús
Díaz. Por último, en la mayoría
de esos guiones han intervenido personas que ejercen
este oficio con sistematicidad: Senel, Manuel Rodríguez,
Eduardo del Llano y Díaz.
Está
bien, entonces, que atendamos por una vez, como
lo hará esta Muestra de Jóvenes realizadores,
a la escritura para el cine. Sabemos, como gusta
de repetir Eliseo Altunaga, que las películas
se filman, no se escriben. Pero si no se escriben,
no se filman. Y si no se escriben bien, poco podrán
hacer el director, los actores, el editor…
salvo culpar al guionista del desastre final. Porque
ese es nuestro destino y hay que aceptarlo. El único
placer que nos es permitido en cualquier circunstancia
es el de contar historias: y les aseguro que no
es una satisfacción menor.
Cuando
narro a mis alumnos la anécdota de mi primera
clase con Ambrosio Fornet, me preguntan: ¿Y,
por fin, cómo se llama el guionista de Los
mejores años de nuestras vidas? Todavía
hoy les pido perdón, salgo corriendo a una
biblioteca, a un acceso a Internet, para copiar
un nombre que jamás en la vida podré
recordar por mí mismo, aunque sigo recordando
los conflictos de aquellos seres recién salidos
del trauma de la guerra como si hubiese acabado
de ver la película ahora mismo.
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La
mirada del otro |
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Este año, en vez
de reprisar algunos de los títulos incluidos
en la sección Hecho en Cuba, del Festival Internacional
del Nuevo Cine Latinoamericano (donde usualmente aparecen
documentales y cortometrajes dirigidos por extranjeros)
la Muestra prefirió apostar por lo inédito,
y prestarle sus espacios de exhibición a un grupo
de documentales resultado de los programas académicos
de la Escuela Internacional de Cine y Televisión
(EICTV) de San Antonio de los Baños.
La decisión de mostrar
estos trabajos a un público mucho más
numeroso no obedece, de ningún modo, a la complacencia
ni al paternalismo, ni mucho menos a la voluntad de
ofrecer estrenos a ultranza. Ocurre que la EICTV es
el mayor espacio multicultural de que dispone el medio
audiovisual cubano, allí conviven y se acompañan
en la creación creadores y creadoras de las
más diversas nacionalidades, obligados por
los imperativos docentes a realizar sus ejercicios,
de ficción y documental, sobre la realidad
circundante. Tales circunstancias han generado, por
supuesto, un amplio estrato —a lo largo de los
últimos veinte años, a razón
de por los menos una obra por estudiante, y son más
de 500 los egresados— de obras concebidas desde
La mirada del otro, del extranjero, de quien no conoce
a plenitud nuestras costumbres e idiosincrasia.
Los cortometrajes de ficción
o documentales producidos a manera de ejercicios audiovisuales
en la EICTV suscriben los más diversos temas,
estilos e intenciones, a punto tal que en muchas ocasiones
se adelantan incluso al contexto más institucional
o industrial. La religiosidad popular, los temas de
raza, sexo y género, lo rural, el surrealismo,
el cine de terror, la marginalidad profunda, la homosexualidad
masculina y femenina, la emigración, lo decididamente
experimental, los artistas conspicuos y problemáticos,
entre otros giros bastante “inusuales”
en nuestro medio, han sido pulsados por los estudiantes
de la Escuela, en ocasiones mucho antes de que resulten
asumidos íntegramente por la producción
digamos adulta y pública, por distinguirla
de alguna manera de esta otra, realizada un poco al
margen de la industria (sin dejar de reconocer la
enorme e imprescindible colaboración del ICAIC
con la EICTV), como ejercicios juveniles de gente
todavía inexperta, pero decidida a dedicar
su vida a los medios, principalmente al cine.
Veinte años de incesante
y eficaz laboreo, y un número realmente notable
de obras significativas, han colocado a la Escuela
al centro del panorama audiovisual contemporáneo
cubano, entendida tal contemporaneidad como el período
posterior al estreno de Cecilia, de Humberto
Solás. Quienes decidan hacer la historia del
cine cubano en ese período sin hacer mención
siquiera de la existencia y accionar de la Escuela
—y de la creciente participación que
le ha conferido la Muestra de Nuevos Realizadores
en todas sus ediciones— sepan que estarán
incurriendo en pecados comunes como la excesiva parcialidad,
el desconocimiento, la superficialidad, o la estrechez
de perspectiva. Yo también conocí de
esos pecados, pero hago pública confesión
de los mismos, y mi penitencia ha conllevado muchas
horas de investigación y visionaje, de estudio
y apertura a lo nuevo. Ahora, ya puedo hablar con
conocimiento de causa.
En esta edición, la Muestra
incluye obras documentales, mayormente realizadas
en la Sierra Maestra, o en las inmediaciones de Santa
Cruz del Norte, donde los estudiantes, latinoamericanos
y europeos, se vieron precisados a encontrar un personaje
lo suficientemente atractivo como para sostener un
documental (un arriero, un hombre que tiene un cocodrilo
de mascota), o a discursar sobre un tema candente
de la realidad contemporánea (el disparate
ecológico que ha significado la introducción
de la claria en nuestro medio ambiente). Además,
está Tabaco, una sugerente y breve
propuesta sobre la relación entre la sensualidad
del cubano y la cultura que rodea el procesamiento
de “la aromática hoja”.
En cualquiera de estos cortos
documentales se percibe una frescura y un abierto
compromiso con el tema escogido que, por desgracia,
a veces no aparece en la producción de las
vacas y los toros sagrados y consagrados. Que los
valores los decida el público.
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