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6ta. Muestra Nacional de Nuevos Realizadores
20 al 25 de febrero de 2007
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  MEMORIA
Homenaje a Oscar Valdés


Por Alberto Ramos
Tomado de Rachel K., la extraña aventura de Oscar Valdés
en Coordenadas del Cine Cubano, tomo II, Editorial Oriente, 2005

El 28 de abril de 1977, cuatro años después de terminado, se estrenó en La Habana El extraño caso de Rachel K. (1973), primer —y único— largometraje de ficción dirigido por Oscar L. Valdés, un director que venía de la escuela documental cubana de los sesenta. La carrera de este cineasta había ido en ascenso durante aquella década; sus trabajos más encomiados en aquel entonces, Vaqueros del Cauto (1965) y El ring (1966), se distinguían por mezclar la fascinación del director por el cine clásico norteamericano con su voluntad de trasladar la estilizada retórica de aquellas ficciones al superobjetivo recurrente de sus documentales, “[el] hombre enfrentado a los trabajos de características violentas, peligrosas, duras, es decir, el hombre frente al peligro, el hombre en la aventura”. El resultado provocaba siempre la sensación de presenciar un acercamiento a la realidad que descubre y explota los elementos de ficción inscritos en la misma, pero sin abandonar su vocación por la impresión de autenticidad que consigue el registro directo. Coherente con esa estética del “diálogo” entre dos modos tradicionalmente opuestos de asumir el cine, Oscar Valdés intensificó sus esfuerzos en aquella dirección a comienzos de los setenta, y filmó un corto de ficción excepcional, Escenas de los muelles (1970), con textos improvisados, actores no profesionales y sonido directo, donde intercaló una reconstrucción del asesinato del líder portuario Aracelio Iglesias y además, entrevistaba a un testigo de aquellos hechos. Al respecto, declaró en aquel momento: “Me interesa hacer un cine en el que no sucedan cosas extraordinarias, sino hechos cotidianos (...), en el que no se pueda definir la frontera entre realidad y ficción.” En Escenas de los muelles la historia rebasa con creces los 29 minutos de metraje; basta reparar en el final, imprevisto y atropellado. El propio realizador, en retrospectiva, lo consideró un trabajo fallido. No obstante, amén de presentar un asunto apenas tratado en el cine revolucionario —la marginalidad— y conseguir unas preciosas texturas al captar ciertos ambientes, como los bares del puerto y las bodegas de los barcos (que, en ese orden, remiten al Cassavettes espontáneo y cálido de los inicios, y a la severa geometría expresionista de Lang), Oscar Valdés avanzó un notable trecho en su búsqueda de una convergencia entre ficción y documento, logrando concretar de alguna manera un modo de moverse hacia lo primero desde lo segundo. Esta “estética de la confluencia” se refinó en su próximo filme, Muerte y vida en el Morrillo (1971), modelo de lo que por aquella época se dio en llamar docudrama. Tomando como argumento el asesinato de Antonio Guiteras, el director se traslada al lugar de los hechos, y moviéndose libremente entre el pasado y el presente, recrea los acontecimientos alrededor de la muerte de Guiteras en una manera que recuerda a la película norteamericana Su último refugio (High Sierra), mientras un testigo se mantiene narrando los hechos en primer plano. Con Muerte y vida en el Morrillo celebrado unánimemente por la crítica cubana, parecía que el camino quedaba allanado hacia un proyecto más ambicioso, en que cristalizaría aquel estilo laboriosamente forjado por este documentalista cubano.

A comienzos de los setenta, específicamente entre 1973 y 1975, un grupo de realizadores del cine documental debuta en la dirección de largometrajes de ficción: Manuel Pérez (El hombre de Maisinicú, 1973), Oscar Valdés (El extraño caso de Rachel K., 1973), Sergio Giral (El otro Francisco, 1974), Sara Gómez (De cierta manera, 1974) y Enrique Pineda Barnet (Mella, 1975). A los 54 años, O. Valdés era con mucho el más viejo de aquella promoción, de manera que El extraño caso..., debió parecerle a no pocos la liquidación de una deuda pendiente con el prestigioso documentalista. Al parecer, la filmación enfrentó graves problemas desde el principio y el director no quedó conforme con los resultados. El retraso en su estreno podría indicar que tampoco se sentían cómodos los responsables de la política cultural cinematográfica a la sazón. Hasta sus últimos días, el cineasta renegó de la película. En la última entrevista que concedió, poco tiempo antes de su muerte, todavía declaraba: “...no me gustó el resultado, no es la película que había imaginado. Tuvo muchos problemas: recursos limitados para una película de época; dificultades con la selección de actores; algunas discrepancias con el equipo de realización y problemas de guión graves. En fin, me dejó un poco decepcionado.”

La “decepción” imprimió una fuerte huella sobre el resto de su obra, a juzgar por el evidente retroceso que sufrió su carrera en lo adelante. Oscar Valdés se fue acomodando a un estilo complaciente, simplificador, marcado por el didactismo, a medio camino entre la ingenuidad y la falta de imaginación, como si regresara a sus tiempos de las notas para la Enciclopedia Popular, ahora sin dudas con algo más de oficio y posibilidades. Es la época de los homenajes a grandes figuras de la cultura cubana, principalmente músicos, como Rita Montaner, Lecuona, Arcaño y sus maravillas, María Teresa Vera, Roldán, Caturla y Los Van Van. Tampoco faltan artistas plásticos, historiadores, escritores y figuras políticas (Antonia Eiriz, Rita Longa, Fernando Ortiz, Juan Marinello, Carilda Oliver, Jesús Menéndez). De igual manera, en varios de estos documentales se reivindican auténticas manifestaciones del arte popular como la rumba, el danzón y la comparsa; mientras en otros O. Valdés da cuenta de una inveterada fascinación por el mundo del deporte. (…) Al final de la última entrevista que concedió, cuando el investigador Pedro Noa le pregunta qué hace actualmente, no tiene a menos comentar que mientras edita un documental sobre gimnasia femenina, ya está buscando “otra idea documental, para hacerla de inmediato”. Para aquel tiempo, el recuerdo de El extraño caso..., ya no evocaba tanta amargura y frustración en el cineasta, sin que esto quiera decir que terminó reconciliándose con ella.

“Como siempre, bromeaba de un posible remake de Rachel, con todas las 'leyes' de los filmes de serie B.” Por fuerza, la pregunta sale a relucir en este caso, tratándose de una película que a todas luces implicó un punto de giro nefasto en su carrera. ¿Era en verdad un filme inferior, malogrado de principio a fin, al punto de merecer el rechazo de su director y el olvido condescendiente de otros muchos, incluyendo a los críticos? A treinta años de realizada, aún permanece una suerte de leyenda negra alrededor de El extraño caso... No estaría mal acercarse de nuevo, con la distancia y serenidad que el tiempo permite, para examinar sus aciertos y desajustes, relacionándolos con las circunstancias, un tanto peculiares, en que se produjo. (…)


 
Muestra Internacional: Abierta, pertinaz y sin prejuicios
 

Por Joel del Río

Algunos, pocos, espectadores y jóvenes cineastas consideran que la Muestra Internacional carece de utilidad y sentido. Los “argumentos” en contra suelen provenir en dos cauces: una vitrina tan amplia y poderosa de la creación juvenil en el mundo puede opacar, eclipsar, los productos nacionales (interés básico de estas Muestras) y además carece de utilidad práctica puesto que en su mayoría, cuando proceden del primer mundo, las obras fueron realizadas en condiciones de producción que exceden los presupuestos disponibles por el más poderoso de los jóvenes realizadores cubanos. En ambos sentidos se exagera. No hay nada que sustituya la visión de los cubanos sobre lo que mejor conocen, y tampoco los dineros disponibles han sido nunca garantía de calidad y mucho menos de osadía.

A pesar de aquellos, y de otros prejuicios, aquí está otra vez la Muestra Internacional, con el mismo empeño de las entregas anteriores: informar, sugerir, documentar, conectar con el mundo, romper imbéciles aldeanismos, demostrar que lo importante para hacer un buen filme, largo o corto, caro o barato, en Atenas, Río de Janeiro, París o La Habana, es tener una cámara en la mano y una idea en la cabeza. Si se dispone de la cámara, y también están las historias y temas posibles, pero no se ha visto lo suficiente sobre lo que han hecho otros, en cualquier latitud, y en muy similares circunstancias, el resultado carecerá de equilibrio, atravesará los corredores del provincianismo y la falta de comunicación con el ambiente epocal.

Es fuerte la presencia latinoamericana, y también la española por razones de afinidad cultural que no hace falta repetir aquí. Contamos con de Argentina, Ecuador, Perú, Brasil y México, que nos envió su película más premiada del año pasado. Para abrir la Muestra, como presentación especial, hemos seleccionado, con la anuencia de su joven realizador, uno de los mejores documentales exhibidos en cualquier lugar durante 2006. En el hoyo quiere reflexionar, y lo consigue con creces, e inmensas cotas de emotividad y hondura, sobre la relación entre la pequeñez humana y la grandeza también humana de los titánicos empeños que pueden conseguir muchas manos puestas de acuerdo. Entre decenas de momentos memorables, tiernos, místicos, íntimos, reveladores, En el hoyo presenta una de las secuencias finales más estremecedoras vistas en el cine contemporáneo.

Regresan las representaciones sumarias de algunos prestigiosos festivales de intención más o menos similar al nuestro. Por la excelente acogida que disfrutaron en ediciones anteriores —entre ese público capaz de disfrutar una buena película sin detenerse a filtrar desde prejuicios como la nacionalidad, la extensión, el género, o el prestigio de los implicados— proyectaremos algunas de las obras de ficción, documental, animación o experimentales, destacadas en los festivales de cortometrajes andaluces, Málaga, Benalmádena, los Némo
Clermont Ferrand y Signes de Nuit, el centroamericano de creciente prestigio que responde al significativo nombre de Icaro, TheOneMinutes BelgianOpen (cortos de solo un minuto), el canadiense Prends ça court! (de Montreal), entre muchos otros eventos cuyas obras seleccionadas y premiadas demuestran, por su abundancia y calidad, la preeminencia de la creación juvenil y debutante en el mundo entero, a partir de la democratización del medio audiovisual favorecido por las nuevas tecnologías, el auge de las escuelas de cine y la enseñanza auxiliada por imágenes, y el creciente poder de los medios en todas las esferas de la cultura.

Mediante estas secciones informativas de lo que acontece más allá de nuestras costas es posible crear un público alternativo, que se rebele contra las excesivas regulaciones, convenciones y prevenciones del cine y la televisión comerciales, al tiempo que se propone un tipo de obras marcadas por su intención cultural, artística, de trasgresión y sorpresa.

La Muestra Internacional, paralela pero profundamente afín a la nacional, es más que un lujo. Viene siendo ya una necesidad para buena parte del público, la prensa y los realizadores. Ojalá seamos capaces de aprovecharla a plenitud.


  Cámaras de la diversidad cultural
 


Con la adopción histórica de la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales (2005), la salvaguarda de las culturas indígenas, su acceso a los medios de expresión y difusión, así como la promoción del pluralismo en dichos medios se han convertido en imperativo absoluto en el contexto de la globalización. Es necesario que la diversidad humana ocupe su lugar en el corazón de las políticas para el desarrollo cultural y la comunicación.

Estimaciones fiables ofrecen la cifra de 40 millones de indígenas en América Latina, cifra muy superior a la recogida en los censos. La mayoría habita en cinco países: México y Guatemala y los países andinos Bolivia, Ecuador y Perú. Existen también poblaciones indígenas importantes en países como: Brasil, Chile, Honduras, Panamá y Venezuela. Muchos pueblos indígenas viven aislados, en comunidades rurales alejadas y en asentamientos urbanos marginados sin acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación y a menudo sin la capacitación necesaria para revitalizar sus recursos culturales como factor de diálogo intercultural.

El programa “Tecnologías de la Información y de la Comunicación para el Diálogo Intercultural” (ICT4ID), lanzado en enero de 2004 por la UNESCO, como resultado directo del Foro Internacional sobre Expresión Cultural Local y Comunicación, celebrado en Santo Domingo, en Noviembre de 2003, es un programa transversal de los sectores Cultura y Comunicación, que estimula la formación y profesionalización en materia de comunicación de los miembros de las comunidades marginadas, a fin de que se conviertan en sujetos creadores de su propia palabra e imagen, a la vez que sensibiliza a nivel nacional e internacional sobre la creatividad indígena y la importancia de la diversidad cultural.

El proyecto tiene el propósito de contribuir a la preservación de las culturas indígenas a través del acceso de estos pueblos a las nuevas tecnologías de la comunicación y la información y el fomento de la producción de contenidos locales indígenas. Pretende aprovechar las oportunidades que ofrecen estas tecnologías para reforzar el diálogo intercultural entre los indígenas y otros grupos de población, tanto urbanos como rurales, a la vez que se refuerza la identidad cultural indígena, contribuye a luchar contra los estereotipos y la folclorización cultural y valoriza el patrimonio inmaterial de estas comunidades (lenguas, mitos, tradiciones oral, cantos, modos de vivir, etc.). El programa también busca mejorar las capacidades de los indígenas en el uso de las TICs, abriendo así nuevas fuentes de ingresos económicos para estas comunidades.

En América Latina, el programa apoyó varias comunidades indígenas: Quechua, Aymará, Kikanantay, Rapa Nui y Mapuche a través de actividad de capacitación y entrenamiento en producción audiovisual y televisión comunitaria o a través de actividad de promoción de las obras en importantes festivales de la Región.

Además, la Oficina Regional pone a la disposición de los realizadores indígenas una Red de los realizadores latinoamericanos y caribeños, la Red de Difusión – Cine Indígena: Las Cámaras de la Diversidad, que tiene como objetivo promover las obras de los Cineastas Indígenas, dar una voz a los sin voz, a los que sin tener acceso a las grandes producciones desean expresar la diversidad de sus talentos y culturas.

 

  El más olvidado
 


Por Arturo Arango
Guionista

Tuve mi primera experiencia en un taller para la formación de guionistas en 1986. El ICAIC, bajo la presidencia de Julio García Espinosa, quería incorporar a sus proyectos la voz de los que entonces éramos jóvenes escritores cubanos. Ambrosio Fornet organizó el plan de estudios, recopiló y editó un conjunto de textos útiles, escogió a sus alumnos y el primer día de clases nos proyectó Los mejores años de nuestras vidas, de William Wyler. De regreso al aula, su primera pregunta fue: “¿Cuál es el nombre del guionista?” “Albert…”, aventuró Eliseo Alberto. “No, John, John…”, comenzó Reinaldo Montero. “Peter, me parece que Peter algo”, aseguró Senel Paz. “¿No es el mismo William Wyler?”, dudó Daniel Chavarría. Suelo narrar la anécdota a mis alumnos de guión para hacerles entender lo mismo que Ambrosio a nosotros: el oficio de guionista es el más ingrato de todos los que intervienen en la realización de una película. “Si escogieron esta profesión para complacer las exigencias de su vanidad, están equivocados”, les digo.

Son contados los guionistas “puros” que han alcanzado cierta notoriedad por sus trabajos para el cine. Y aún en esos casos, ¿cuántos estudios están dedicados a los aportes de escritores como Jean-Claude Carriere, Tonino Guerra, David Mamet o Harold Pinter, quizás el más afortunado de todos porque, al recibir, merecidamente, el Premio Nobel, se recordó que de su mano habían salido los guiones extraordinarios que dieron pie a El sirviente, Accidente, La amante del teniente francés, entre muchísimos otros?

Cuando Carriere declara que, para trasponer una vez más al cine Cyrano de Bergerac, de Rostand, pensó que debía trazar la historia de “una chica hermosa y perfecta que ama a un hombre hermoso y perfecto; pero hay un gran problema: este hombre son dos y al final los dos se mueren y ella se queda sola”, ¿no está reviviendo uno de los temas presentes en Bella de día, cuyo guión escribió junto a Luis Buñuel? Y aún Tonino Guerra, quizás el más dúctil de todos cuantos he mencionado, ha ido dejando su huella en directores tan disímiles como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni y Andrei Tarkovski, sobre todo en esos personajes desasidos, cuyo pasado, que casi nunca llegamos a conocer, pesa de manera obsesiva sobre cada una de las acciones del presente.

Por eso me ha parecido siempre admirable la labor de Senel Paz: no sólo por sus guiones mismos sino por la manera como ha podido marcar su presencia en la obra de directores tan disímiles como Orlando Rojas, Gerardo Chijona, Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. No me refiero ya a señas de estilo, sino a su propio universo narrativo. Al menos yo, no conozco otro caso en que los personajes de un guionista vayan de una película a otra de realizadores diferentes: el David de Una novia…continúa en Fresa y chocolate, como también, bajo en nombre de Miguel, aquel que antes, y en sus cuentos, se llama Bruno; y Nancy, nacida en Adorables mentiras, ingresa también en la historia de Fresa…, aunque no estuvo en el cuento que dio origen a la película.
Por lo que vengo diciendo, parecería que privilegio sólo a aquellos guionistas a los que he llamado “puros”, es decir, a los que no son también realizadores, y no es así. Estos que vengo mencionando son los más olvidados, los que, si bien imprescindibles en el nacimiento de la obra y, por supuesto, en todo el proceso previo a la filmación, después van (vamos) desapareciendo una vez que ingresan al equipo los actores, el director de fotografía, los asistentes… y ya, en el minuto del estreno, si acaso estamos presentes, somos aquel que casi parecería escapar por el fondo del escenario.

Como mi deformación profesional provoca que vea las películas principalmente a partir de la historia que cuentan, suelo respetar a los directores que jerarquizan la calidad de ese trabajo previo, fundamental, invisible, en el que nace todo cuanto luego será llevado al escenario. Hay, por ejemplo, realizadores con indudable talento para contar historias, como Billy Wilder, Tomás Gutiérrez Alea, Pedro Almodóvar, Quentin Tarantino, que son, a la vez, grandes directores.

Las películas que se exhibirán en esta muestra, y cuyos guiones han sido, en algún momento, merecedores de premios, parecerían confirmar estos prejuicios explicables en quien, como yo, ha llegado al cine desde la literatura: Plaff… y Una novia para David, con guiones de Chavarría y Senel, respectivamente, nacieron en los alrededores de aquel taller de Ambrosio; Memorias…, Juan Quinquín…, Madagascar, Lista de espera proceden de textos literarios. Polvo rojo es la obra del escritor que fue Jesús Díaz. Por último, en la mayoría de esos guiones han intervenido personas que ejercen este oficio con sistematicidad: Senel, Manuel Rodríguez, Eduardo del Llano y Díaz.

Está bien, entonces, que atendamos por una vez, como lo hará esta Muestra de Jóvenes realizadores, a la escritura para el cine. Sabemos, como gusta de repetir Eliseo Altunaga, que las películas se filman, no se escriben. Pero si no se escriben, no se filman. Y si no se escriben bien, poco podrán hacer el director, los actores, el editor… salvo culpar al guionista del desastre final. Porque ese es nuestro destino y hay que aceptarlo. El único placer que nos es permitido en cualquier circunstancia es el de contar historias: y les aseguro que no es una satisfacción menor.

Cuando narro a mis alumnos la anécdota de mi primera clase con Ambrosio Fornet, me preguntan: ¿Y, por fin, cómo se llama el guionista de Los mejores años de nuestras vidas? Todavía hoy les pido perdón, salgo corriendo a una biblioteca, a un acceso a Internet, para copiar un nombre que jamás en la vida podré recordar por mí mismo, aunque sigo recordando los conflictos de aquellos seres recién salidos del trauma de la guerra como si hubiese acabado de ver la película ahora mismo.

 

  La mirada del otro
 

Este año, en vez de reprisar algunos de los títulos incluidos en la sección Hecho en Cuba, del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (donde usualmente aparecen documentales y cortometrajes dirigidos por extranjeros) la Muestra prefirió apostar por lo inédito, y prestarle sus espacios de exhibición a un grupo de documentales resultado de los programas académicos de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños.

La decisión de mostrar estos trabajos a un público mucho más numeroso no obedece, de ningún modo, a la complacencia ni al paternalismo, ni mucho menos a la voluntad de ofrecer estrenos a ultranza. Ocurre que la EICTV es el mayor espacio multicultural de que dispone el medio audiovisual cubano, allí conviven y se acompañan en la creación creadores y creadoras de las más diversas nacionalidades, obligados por los imperativos docentes a realizar sus ejercicios, de ficción y documental, sobre la realidad circundante. Tales circunstancias han generado, por supuesto, un amplio estrato —a lo largo de los últimos veinte años, a razón de por los menos una obra por estudiante, y son más de 500 los egresados— de obras concebidas desde La mirada del otro, del extranjero, de quien no conoce a plenitud nuestras costumbres e idiosincrasia.

Los cortometrajes de ficción o documentales producidos a manera de ejercicios audiovisuales en la EICTV suscriben los más diversos temas, estilos e intenciones, a punto tal que en muchas ocasiones se adelantan incluso al contexto más institucional o industrial. La religiosidad popular, los temas de raza, sexo y género, lo rural, el surrealismo, el cine de terror, la marginalidad profunda, la homosexualidad masculina y femenina, la emigración, lo decididamente experimental, los artistas conspicuos y problemáticos, entre otros giros bastante “inusuales” en nuestro medio, han sido pulsados por los estudiantes de la Escuela, en ocasiones mucho antes de que resulten asumidos íntegramente por la producción digamos adulta y pública, por distinguirla de alguna manera de esta otra, realizada un poco al margen de la industria (sin dejar de reconocer la enorme e imprescindible colaboración del ICAIC con la EICTV), como ejercicios juveniles de gente todavía inexperta, pero decidida a dedicar su vida a los medios, principalmente al cine.

Veinte años de incesante y eficaz laboreo, y un número realmente notable de obras significativas, han colocado a la Escuela al centro del panorama audiovisual contemporáneo cubano, entendida tal contemporaneidad como el período posterior al estreno de Cecilia, de Humberto Solás. Quienes decidan hacer la historia del cine cubano en ese período sin hacer mención siquiera de la existencia y accionar de la Escuela —y de la creciente participación que le ha conferido la Muestra de Nuevos Realizadores en todas sus ediciones— sepan que estarán incurriendo en pecados comunes como la excesiva parcialidad, el desconocimiento, la superficialidad, o la estrechez de perspectiva. Yo también conocí de esos pecados, pero hago pública confesión de los mismos, y mi penitencia ha conllevado muchas horas de investigación y visionaje, de estudio y apertura a lo nuevo. Ahora, ya puedo hablar con conocimiento de causa.

En esta edición, la Muestra incluye obras documentales, mayormente realizadas en la Sierra Maestra, o en las inmediaciones de Santa Cruz del Norte, donde los estudiantes, latinoamericanos y europeos, se vieron precisados a encontrar un personaje lo suficientemente atractivo como para sostener un documental (un arriero, un hombre que tiene un cocodrilo de mascota), o a discursar sobre un tema candente de la realidad contemporánea (el disparate ecológico que ha significado la introducción de la claria en nuestro medio ambiente). Además, está Tabaco, una sugerente y breve propuesta sobre la relación entre la sensualidad del cubano y la cultura que rodea el procesamiento de “la aromática hoja”.

En cualquiera de estos cortos documentales se percibe una frescura y un abierto compromiso con el tema escogido que, por desgracia, a veces no aparece en la producción de las vacas y los toros sagrados y consagrados. Que los valores los decida el público.

 

   
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