
Mosquitos,
el documental nos muestra la connotación absurda que pueden
adquirir algunas ideas, luego de un largo y repetitivo recorrido,
desde los mandos emisores hasta la base ejecutante. El realizador
Asori Soto se apoya en dos personajes, un fumigador y lo que debe
ser una especie de jefe local de tarea; ambos se alternan en la pantalla
para decir, con candor envidiable, un conjunto de frases, relacionadas
con la campaña nacional por la erradicación del aedes
aegypti.
El guión tiene el acierto de
dejarnos con la interrogante planteada en cuanto a la clasificación
de la obra, ya que la realidad que se presenta parece adentrarse constantemente
en el campo de la ficción.
Expresiones puestas en boca de los
entrevistados, como la de realizar juicios sumarios al mosquito o
la explicación que se hace de las intimidades sexuales de éste,
nos obligan a cuestionarnos si estamos en presencia de un documental
que refleja una realidad incoherente, o de un material, cuyo tema
y tratamiento es ficticio.
Aunque a mi juicio, la calidad de la
obra fuese mayor si los entrevistados hubieran adoptado poses menos
fingidas ante la cámara, en especial, el funcionario, que todo
el tiempo parece estarse riendo de lo que dice.
Mosquitos, el documental se
destaca por la forma en que abordó la crítica a temas
de la cotidianeidad, por la muestra de ingenio desplegado a partir
de escasos recursos y por el guión, volcado en representarnos
un segmento de nuestra realidad desde un punto de vista diferente
al que vemos, día tras día, en los medios de comunicación.
Good bye, Lolek, también
de Soto, nos ofrece de nuevo una historia en la que es imposible deslindar
cuándo se habla en serio y cuándo simplemente los entrevistados
se están burlando. Este documental, mezcla de alivio y añoranza
por una época pasada, analiza la influencia que tuvieron en
nuestro país los dibujos animados, producidos por el antiguo
campo socialista.
La cinta tiene como eje central el
homenaje a una determinada línea de animación (estilística,
simbólica e ideológica), a partir de la cual se realiza
un desmontaje mucho más abarcador de un período determinado,
y aporta, al mismo tiempo, las consideraciones que el creador estimó
convenientes. El guión se construye a partir de las intervenciones
de un sinnúmero de entrevistados, que dialogan sobre el tema
con mayor o menor profundidad, y se hacen cortes en la narración
con fragmentos de obras del género en cuestión.
Un criterio de selección de
fuentes, en el cual se diera igual peso a la palabra del experto y
al mero hecho anecdótico, hubiera dado una mayor solidez al
material desde el punto de vista de su contenido, si bien hay que
tener en cuenta, luego de leer los créditos del trabajo, que
muchos posibles entrevistados no accedieron a tratar el tema.
La propuesta de Asori Soto se inserta
en lo que pudiera ser un intento de un grupo de intelectuales, cada
vez mayor, por analizar, con ojo crítico y, a la vez, poético,
la significación que tuvo para la idiosincrasia cubana un encuentro
de culturas tan dispares como la soviética-eslava y la nuestra,
una de cuyas aristas, no tan trivial como parece, fue los dibujos
animados, puerta a través de la cual accedió mayormente
una generación, cuyos miembros, en esa época, transitaban
la infancia. Recordar, por ejemplo, el artículo Lo que
nos dejaron los rusos de Yoss, publicado en la revista Temas,
o en algunas de las composiciones del cantautor Frank Delgado.
En mi opinión, el documental
pudo haber sido más profundo en cuanto a la forma de abordar
los contenidos, un punto por el que también peca la cinta Good
bye, Lenin del realizador alemán Wolfganf Becker, obra
en la que Soto, al parecer, buscó referentes. En
parte, gracias a los aciertos tipográficos empleados en la
presentación y a la labor arqueológica que conllevó
el desenterrar materiales de archivo, ya dispersos y carcomidos por
el tiempo, Good bye, Lolek cumple su objetivo: logra trasladarnos
a los tiempos anteriores al período especial, cuando mi generación
creció mirando en las viejas pantallas monocromáticas
las historias doradas de Cheburashka y el tío
Estiopa; a las tardes, ya pasadas, en que siempre nos quedábamos
sin descifrar qué decía la liebre al lobo en el instante
final del spot soviético que anunció —durante
al menos quince años, el inicio de la programación animada
para los niños en esta Isla.