Del mosquito... ¡Tu-Pa-Ka-Chi! 
Por Salvador Salazar

Sección Los perros ladran
Mosquitos, el documental nos muestra la connotación absurda que pueden adquirir algunas ideas, luego de un largo y repetitivo recorrido, desde los mandos emisores hasta la base ejecutante. El realizador Asori Soto se apoya en dos personajes, un fumigador y lo que debe ser una especie de jefe local de tarea; ambos se alternan en la pantalla para decir, con candor envidiable, un conjunto de frases, relacionadas con la campaña nacional por la erradicación del aedes aegypti.

El guión tiene el acierto de dejarnos con la interrogante planteada en cuanto a la clasificación de la obra, ya que la realidad que se presenta parece adentrarse constantemente en el campo de la ficción.

Expresiones puestas en boca de los entrevistados, como la de realizar juicios sumarios al mosquito o la explicación que se hace de las intimidades sexuales de éste, nos obligan a cuestionarnos si estamos en presencia de un documental que refleja una realidad incoherente, o de un material, cuyo tema y tratamiento es ficticio.

Aunque a mi juicio, la calidad de la obra fuese mayor si los entrevistados hubieran adoptado poses menos fingidas ante la cámara, en especial, el funcionario, que todo el tiempo parece estarse riendo de lo que dice.

Mosquitos, el documental se destaca por la forma en que abordó la crítica a temas de la cotidianeidad, por la muestra de ingenio desplegado a partir de escasos recursos y por el guión, volcado en representarnos un segmento de nuestra realidad desde un punto de vista diferente al que vemos, día tras día, en los medios de comunicación.

Good bye, Lolek, también de Soto, nos ofrece de nuevo una historia en la que es imposible deslindar cuándo se habla en serio y cuándo simplemente los entrevistados se están burlando. Este documental, mezcla de alivio y añoranza por una época pasada, analiza la influencia que tuvieron en nuestro país los dibujos animados, producidos por el antiguo campo socialista.

La cinta tiene como eje central el homenaje a una determinada línea de animación (estilística, simbólica e ideológica), a partir de la cual se realiza un desmontaje mucho más abarcador de un período determinado, y aporta, al mismo tiempo, las consideraciones que el creador estimó convenientes. El guión se construye a partir de las intervenciones de un sinnúmero de entrevistados, que dialogan sobre el tema con mayor o menor profundidad, y se hacen cortes en la narración con fragmentos de obras del género en cuestión.

Un criterio de selección de fuentes, en el cual se diera igual peso a la palabra del experto y al mero hecho anecdótico, hubiera dado una mayor solidez al material desde el punto de vista de su contenido, si bien hay que tener en cuenta, luego de leer los créditos del trabajo, que muchos posibles entrevistados no accedieron a tratar el tema.

La propuesta de Asori Soto se inserta en lo que pudiera ser un intento de un grupo de intelectuales, cada vez mayor, por analizar, con ojo crítico y, a la vez, poético, la significación que tuvo para la idiosincrasia cubana un encuentro de culturas tan dispares como la soviética-eslava y la nuestra, una de cuyas aristas, no tan trivial como parece, fue los dibujos animados, puerta a través de la cual accedió mayormente una generación, cuyos miembros, en esa época, transitaban la infancia. Recordar, por ejemplo, el artículo Lo que nos dejaron los rusos de Yoss, publicado en la revista Temas, o en algunas de las composiciones del cantautor Frank Delgado.

En mi opinión, el documental pudo haber sido más profundo en cuanto a la forma de abordar los contenidos, un punto por el que también peca la cinta Good bye, Lenin del realizador alemán Wolfganf Becker, obra en la que Soto, al parecer, buscó referentes. En parte, gracias a los aciertos tipográficos empleados en la presentación y a la labor arqueológica que conllevó el desenterrar materiales de archivo, ya dispersos y carcomidos por el tiempo, Good bye, Lolek cumple su objetivo: logra trasladarnos a los tiempos anteriores al período especial, cuando mi generación creció mirando en las viejas pantallas monocromáticas las historias doradas de Cheburashka y el tío Estiopa; a las tardes, ya pasadas, en que siempre nos quedábamos sin descifrar qué decía la liebre al lobo en el instante final del spot soviético que anunció —durante al menos quince años, el inicio de la programación animada para los niños en esta Isla.