La
calle G de día es una avenida como cualquier otra: carros,
perros, personas comunes; pero la calle G tiene el poder de transfigurarse,
cuando a partir de las siete de la noche comienza a llenarse de mucha
gente...diferente. Ahora, G no solo tiene su historia de calle corriente,
pues el rock y sus partidarios le dieron a la Avenida de los Presidentes
el motivo para que tuviera su propio documental.
En apenas tres minutos
se construye una historia contada por sus protagonistas en la que
se recrea una atmósfera casi onírica; porque en realidad
eso parecen las imágenes captadas por la cámara: ecos
de nuestros más intranquilos sueños nocturnos. Que los
entrevistados lleven ropas inusuales o maquillajes extraños,
y la noche sirva como escenario, contribuyen a reforzar esa sensación.
Sus realizadores,
Eric Coll y Aram Vidal, ambos estudiantes de comunicación, tejen
las respuestas de los entrevistados y las imágenes saturnales
con un hard rock perfecto para trasmitir el ambiente retratado.
Calle G es un documental
osado, porque cuando en muchos círculos sociales aún
se considera a los rockeros como marginales apestados sin solución,
es valiente que alguien se atreva a mostrarlos, desprejuiciadamente,
como son: seres de carne y hueso, con problemas como todo el mundo,
que necesitan un espacio distinto porque tienen un modo diferente
para comunicarse, sin que en ello haya ningún menoscabo de
su condición humana, en su más alta concepción.
En
este contar de la historia, los realizadores no muestran tabúes
que precondicionen al espectador, al contrario, su estética
de ojo que mira el fenómeno como algo desconocido, pero normal,
trasmite no solo la sensación de aceptación de la novedad
y la diferencia, sino una identificación implícita con
lo narrado y una defensa de lo marginado en la sociedad por unos cánones
de conducta y pensamiento, que no siempre dejan suficiente espacio
para la consumación total de la individualidad.
En un montaje eficiente,
con una combinación de planos que apoya el mensaje con secuencias
cortas para mantener en alza la atención, el único elemento
que podría señalarse, es haber cortado demasiado rápidamente
la última pregunta, el futuro; solo dos respuestas hay para
el tema, la primera incluso tan ambigua que da margen a un vuelo demasiado
libre de la mente, y no creo que haya sido esa la intención
conciente, pues hubiera sido una ingenuidad muy grande querer trasmitir
un mensaje erróneo después de una exposición
tan limpia.
De todos modos, resulta
realmente alentador que estén llegando nuevos aires, insuflados
por jóvenes conocedores del manejo de la fotografía
y el guión, en función de la historia contada, y que
sepan mostrar lados hasta ahora poco tratados en nuestros documentales.