Utopía
es uno de esos cortometrajes de factura tan deliciosa que apenas te
sientas frente a la pantalla no puedes dejar de sentirte complacido.
El fino humor, la sátira, la ironía de la historia,
te muestran una realidad exagerada; pero real, aunque parezca imposible
que la hipérbole y la vida puedan ser compatibles.
Este cortometraje es una reflexión
sobre nuestros modos de vida e identidades. Es un acercamiento, jocoso
e interesante, a esa característica inherente al cubano de
discutirlo todo, aunque no sepa nada, y es también una llamada
de atención acerca de lo dudosa que puede llegar a ser la masividad
cultural, si no se arraiga en tradiciones e idiosincrasias nacionales.
Utopía narra tres historias en paralelo: la de una niña
de una escuela especial que recita una poesía de Borges; cuatro
mecánicos jugadores de dominó que discurren sobre la
legitimidad del barroco latinoamericano; y dos amas de casa enfrascadas
en una discusión acerca de la autoría de La Traviata.
Arturo Infante, el director, alterna secuencias de cada una para componer
una historia única donde el absurdo es el personaje reinante.
Un elemento importantísimo en estas historias es la adecuada
utilización del sonido, la música clásica mezclada
con el sonido real, cuidadosa hasta en el más mínimo
detalle.
También merecedora de elogios se hace la actuación:
todas los planos presumen de naturalidad, y los 9 actores, bien seleccionados,
se notan cómodos en sus roles.
Quienes pudieran tachar a Utopía de poco ambiciosa y carente
de experimentación formal, paradójicamente no podrían
catalogarla de tradicional. Aunque nuestro cine se ha caracterizado
desde siempre por usar el humor más o menos acertadamente para
reflejar nuestra naturaleza, muy pocas veces se ha logrado hacer reír
sin eludir lugares comunes, y esto es, lo que a mi juicio, constituye
el mérito mayor de este cortometraje: el despliegue de un humor
inteligente y agudo que pone la atención allí donde
antes casi nadie había mirado de ese modo.