Algunos
afirman que el documental nació con el cine, en 1895, con La
llegada del tren, de los hermanos Lumière. Pero los especialistas
más serios afirman que no, que el cine documental vino al mundo
con la primera obra conscientemente distante de los actores y del intento
por retratar, con creatividad, la realidad. Se trataba de Nanook
el esquimal (1922), de Robert Flaherty, un director que como casi
todos los primeros documentalistas famosos (Dziga Vertov, John Grierson)
fueron grandes exploradores, por un lado y por otro, importantes creadores
de nuevas formas expresivas. Luego, llegaron los nombres legendarios
(Roman Karmen, Alexander Medvekine, Joris Ivens), artistas más
preocupados por dejar un testimonio sobre sus épocas y contemporáneos,
que por poner de manifiesto sus opciones filosóficas, políticas
y estéticas.
En los años 60, se
replantearon miles de conceptos, entre otros, el cine documental, obligado
a reformularse a partir de la televisión y de equipamientos muchos
más ligeros y manuales, que favorecían el trabajo reporteril,
el documental científico y de arte.
Así, apareció
el llamado documental de autor (Jean Rouch, Chris Marker, Robert Kramer),
caracterizado por evidenciar el punto de vista personal del cineasta
y su intencionalidad en cuanto a la función cultural del mismo
y a la revelación interesada de un hecho, personaje o realidad,
particularmente, significativos para quien firma la obra. Este documental
de los años 60 y de las décadas posteriores, se caracterizó
por su peculiar manera de exponer sus historias, por el abandono de
la voz en off y de otros recursos típicos de la retórica
didáctica y propagandística de los primeros cincuenta
años del cine documental.
En los últimos diez
años, es el género que más se ha desarrollado en
Europa y los Estados Unidos, sobre todo, a partir de la pequeña
pantalla, la expansión democratizadora de las nuevas tecnologías
y del éxito fulminante, alcanzado por Michael Moore, entre muchos
otros. Cuba vuelve a ser la excepción de la regla y, ahora, no
para bien. Los mejores tiempos del documental parecen haber quedado
en la etapa que abarca desde mediados de los sesenta hasta los ochenta.
Seamos sinceros: la crisis actual del cine cubano, relativa, sobre todo,
a los recursos para sostener una producción satisfactoria en
diversos niveles, afecta más que todo al documental. Apenas,
se producen títulos de este género y, salvo muy honrosas
y demasiado escasas excepciones, predomina la confusión de los
realizadores respecto al reportaje televisivo de ocasión, se
olvida y se contradice el básico precepto del punto de vista
(no se tiene idea clara de qué quiere decirse, ni de cómo
va a formularse), se violan principios dramatúrgicos elementales,
se construyen obras colmadas de nobles intenciones, pero convencionales,
didácticas, utilitarias. En fin, los documentalistas cubanos,
jóvenes y viejos, han olvidado que el público necesita
ser sorprendido, seducido, choqueado, conmovido.
La ambivalencia y aparente
paradoja entre un lenguaje cinematográfico secular, consumado
y codificado, y el poder expresivo y comunicacional que ofrecen y garantizan
las nuevas tecnologías, debiera generar innovaciones visionarias
y estilos visuales tan desbordados como la resultante de combinar las
artes plásticas, las decorativas, la gráfica, el teatro,
la animación, la literatura testimonial, la fotografía,
las técnicas de diseño, la música, etc., etc.,
etc. En una época en el que el video clip y la publicidad han
asumido buena parte de las fórmulas antes reservadas a los filmes
de vanguardia y, por tanto, es la hora de que los documentalistas cubanos
recomiencen a propulsar un género tan antiguo como el séptimo
arte, propiamente dicho.
El cine documental puede
obtener una profundización en la realidad, y lograr efectos que
el artificio de los estudios y las exquisitas representaciones de los
actores ni siquiera pueden soñar., escribió, en alguna
ocasión, John Grierson, y tan elocuente defensa del género
parece cobrar insospechada vigencia en un medio audiovisual, cuyas primeras
opciones de producción debieran ser siempre, los documentales.
No, porque sea imprescindible realizarlos para convertirse en realizador
de ficción, sino porque sus costos son infinitamente menores
que los de la ficción (no requiere guionistas, ni grandes equipos
de rodaje, ni iluminación aparatosa, ni actores, ni escenografía)
y, además, puede alcanzar altísimas cotas de artisticidad,
con la añadida virtud de que provee información sobre
un suceso real, ya sea de manera poética o reflexiva, irónica
u observacional, directa o participativa (encuentro entre el cineasta-entrevistador
y uno o varios personajes), pero, desde los primeros hasta los últimos
y mejores ejemplos de la historia, todo documental proviene de una búsqueda
crítica, reveladora o didáctica (he ahí, sus tres
principales funciones) y es por ello que se trata de obras, dedicadas
a instrumentar artísticamente la intervención social,
ya sea desde lo pedagógico o desde lo turbulento, pasando por
empleos propagandísticos, reformistas o de divulgación.
Precisamente, uno de los
equívocos al uso, en nuestro contexto, es la suposición
de los realizadores respecto a que la importancia o nobleza del tema
resultan suficientes para garantizar la eficacia comunicativa y la pertinencia
de la obra. Infundadamente, se cree que si el protagonista del documental
es un artista o figura notable, pues la elección resulta suficiente
para garantizar todo lo demás. Igualmente, ocurre con quienes
intentan garantizar la validez de su obra a partir del oportunismo temático
y, entonces, abundan y saturan los temas calientes como la
relación entre los homosexuales y la sociedad, los locos callejeros,
los vagabundos, la inercia de las comunidades rurales, etc. Suele ser
entonces que el documental sea una bomba, pero naufrague a
causa de un tratamiento ligero, pedestre, obvio y muy, muy convencional.
Es cierto que todo buen
documental enfrenta la cámara a una realidad no escenificada,
y ese puede ser un punto de partida acertado, pero el autor ha de intervenir
y garantizar, no sólo, una investigación que se adentre
en el tema, sino que sustente el punto de vista, además de conferirle
al material una edición que ordene y jerarquice, en vez de confundir
con una enunciación vaga e inarticulada del tema. Grandes obras
como: La hora de los hornos, Bowling for Columbine, Suite
Habana, Shoah o El mundo del silencio, refuerzan
la sensación del espectador de estar asistiendo a los hechos,
mostrados tal como ocurrieron. Otros, aseguran que el género,
también, debe hacer concesiones al espectáculo, debe buscar
las dimensiones emotivas y conflictuales del relato y, además,
ostentar opiniones sólidamente conformadas, con profundidad y
rigor en la exposición del punto de vista.
Se impone redimensionar
las calidades del documental cubano actual. Es preciso pensarlo más
allá de sus valores instructivos, oficialistas o de sus capacidades
como provocación facilista y ocasional. ¿Será que,
otra vez, con todo y las nuevas tecnologías, internet y la televisión
global, debemos concebirlo simplemente como arte?