Una suerte de maldición
ha acompañado La sacre du printemps (La consagración
de la primavera), del compositor ruso Igor Stravinski (1882-1971),
desde que cierta noche del año 1913, la célebre compañía
de ballet ruso, dirigida por Serguéi Diáguilev, estrenara
una coreografía vanguardista. El mítico bailarín
Vaslav Nijinski pretendía traducir a la danza las intensas disonancias
y los vigorosos ritmos asimétricos, concebidos por el talentoso
autor, quien ya les había proporcionado triunfos con sus partituras
para El pájaro de fuego (1910) y Petrushka
(1911). En aquella memorable noche, la modernísima música
stravinskiana suscitó tal reacción en un público
acostumbrado más a las melodías inspiradas en el folklore
nacional que, por momentos, a los bailarines les resultó imposible
escuchar la orquesta.
Desde entonces, no pocos
coreógrafos, con mayor o menor éxito, han sucumbido ante
esta creación anticonvencional, de armonías disonantes,
escrita por quien es considerado como una de las figuras más
influyentes de la música del siglo XX. El cine, incluso, no ha
podido prescindir de esa música apabullante y hasta Walt Disney
la seleccionó como la ideal para, en uno de los ochos episodios
de su Fantasía (1940), ilustrar el origen de la Tierra
y el ocaso de los dinosaurios.
El fotógrafo alemán
Oliver Herrmann, hijo de afamados escritores teatrales y muy conocido
por su trabajo para Stern y otras revistas (Vogue,
Cosmopolitan, Harpers Bazar.), que le proporcionaran
no pocos premios internacionales, también fue seducido por esta
música conceptuada por algunos de maldita. En compañía
de Robert Hunger-Bühler, decidió utilizarla para un proyecto
inusual: como acompañamiento de un filme silente, en el que las
imágenes fueran apoyadas por aquel rito stravinskiano. Colaboradores
de Suiza y la televisión japonesa se sumaron a aquella riesgosa
empresa devenida una obsesión para Herrmann: la première
se efectuó durante el Festival Internacional de Cine de Berlín
y la Orquesta Filarmónica de Berlín, bajo la dirección
de Sir Simon Rattle, ejecutaría la compleja partitura en vivo.
Cómo aquel endemoniado
proyecto experimental le condujo a regresar, en el 2002, a Cuba —donde,
en 1990, cursara estudios, además de Berlín y Nueva York—
es un enigma. Además del rodaje en locaciones escogidas en Berlín
y Bruselas, en la Isla caribeña redescubrió una inagotable
fuente de inspiración, no sólo en el folklore afrocubano,
sino en algunos rostros ideales para transmitir aquel espíritu
finisecular que le interesaba, entre ellos el de la carismática
actriz Ariadna del Carmen, su Lucía. En la interminable
postproducción, los efectos digitales proporcionados por la computación,
en una especie de alquimia electrónica, se encargarían
de fusionar disímiles ideas y planos, en los cuales se advierte
la pericia del fotógrafo. A mediados de septiembre del 2003,
el extenuante proceso llegó a su fin. Sólo que Oliver
Herrmann, no pudo estar presente en el visionado de la copia final y
apreciar el resultado de tantas horas de desvelo: la muerte le sorprendió
el 6 de septiembre del 2003, cuando tenía apenas 40 años.
La sacre du printemps,
en la visión de Herrmann, desdoblado en director-editor, conjuga
la música revolucionaria de Stravinski con ancestrales ritos
de la santería. El punto de partida resulta interesante en extremo:
Dios es una mujer negra, a quien nunca vemos su rostro, sólo
unas manos que en su cocina crean figuras que pronto cobran vida: un
neurocirujano (Robert Hunger-Bühler), aterrorizado por el caos
circundante; una mujer (Sophie Semen), quien tras enviudar piensa que
su vida no tiene sentido y una joven (Ariadna del Carmen), víctima
de los abusos de su padre.
Las manos celestiales los
colocan en las calles de una ciudad anónima y sus destinos se
entrecruzarán. Los acordes de Stranvinski contrapuntean los laberínticos
itinerarios de esos tres personajes para alcanzar algunos momentos estimables
por las imágenes de David Slama, sobre todo, al principio. En
otros, el peso de la partitura es abrumador y aquellos miles de planos
no consiguen el propósito rector de asumir el rango de notas
en esa sinfonía sonoro-visual.
Estrenado el 15 de febrero
del 2004, en la edición número 54 de la Berlinale, con
la música ejecutada en la sala tal y como la soñara Oliver
Herrmann, La sacre du printemps es un filme experimental que, no obstante,
no defraudará a los espectadores, arrastrados por aquel torbellino
de imágenes y de una música, concebida para ser escuchada
con los ojos abiertos.