
De la locura ya se hablaba antes de que un Van Gogh se cortara la
oreja, antes de que Nerón incendiara Roma, antes de que Nabucodonosor
comiera pastos como una bestia y mucho antes de que en el antiguo
Egipto el faraón Ajnatón instaurara el culto a un solo
dios.
Sin embargo, a pesar de los muchos
años transcurridos, es un tema que sigue suscitando interés;
y es Julieta Morfi, la periodista avileña, quien nos propone
el documental Duendes de mi ciudad, un acercamiento a tres personajes-duendes:
Esther, Tico y Ramazotti; tres vidas que, a pesar de su enfermedad,
han sabido integrarse a la sociedad y ganarse el cariño de
las personas que les rodean.
A través de entrevistas,
la realizadora nos devela sus problemáticas no solamente mentales
sino, también, sociales y emocionales. Pero todas estas aristas
son presentadas por familiares, especialistas y amigos cercanos, resaltando
la ausencia de la propia versión de los protagonistas, que solo
en pequeños momentos sobrepasó los balbuceos subtitulados
de Tico o los asustadizos gritos de Esther ante la cámara: un
acto que más me induce a pensar en la poca confianza que le inspiraba
la filmación que en la reacción enfermiza que podría
provocarle.
Este es un material donde la música
fue escogida en virtud de la cercanía textual establecida entre
la temática y la letra de canciones de Silvio Rodríguez
o de Ricardo Arjona, a manera de apoyatura que, a veces, se diluye
en cortinas separadoras.
Duendes de mi ciudad no solo se vale
de las entrevistas, sino que va intercalando una línea simbólica
donde la locura, una vez más, no logra zafarse de la camisa
de fuerza, del lobo que aúlla a la luna y de la personificación
encarnada por mujer con cabellos revueltos, que, para cerrar con final
feliz, termina corriendo al compás de las más populares
notas de la Oda a la alegríade Ludwig van Beethoven.