Raúl Pomares ha trabajado en todas mis películas. Una
vez dije que era porque me daba buena suerte. Pero es que, en realidad,
es una verdadera suerte artística, humana y creativa poder
contar con la interpretación de Pomares en un reparto.
Desde un comandante de la Sierra, hasta un modesto y mañoso
CVP; desde un ex ladrón venido a menos, hasta un infeliz camionero,
este santiaguero irredento me ha enseñado, en papeles mayores
o menores, lo que es trabajar con alegre rigor y una afabilidad humana
que, lejos de restarle como gran actor, para mí lo convierte
en excepcional paradigma dentro de una profesión bastante dura
y, a veces, poco propensa a la proliferación del buen carácter,
el buen humor y la generosidad. Y, por supuesto, que no me refiero
solo a los actores, porque, como se dice en buen cubano, muchos directores
somos «de ampanga».
Ha recreado personajes memorables para
el cine cubano y, por ello, está inscrito en lo mejor de su
historia. El rigor con el cual enfrenta los roles más modestos,
lo convierten en uno de los actores más dúctiles y adecuados
a las características del lenguaje cinematográfico.