El cortometraje de ficción
siempre ha sido una opción creativa para muchos realizadores
noveles (y otros no tanto) que desean experimentar o probar suerte en
el mundo del cine. Asociados generalmente a proyectos artísticos
generados en el marco de las escuelas de cine o en talleres de realización,
devienen en la prueba de fuego para aquellos que en poco tiempo pudieran
convertirse en los cineastas del futuro; es la forma de «mostrar
credenciales» o hacerse notar en un mundo audiovisual altamente
competitivo.
Sería difícil encontrar en la historia del cine un realizador
que no haya transitado por este género e incluso sobran los ejemplos
de aquellos que después de consagrarse vuelven a él para
«oxigenarse». Y es que hay historias, sensaciones y emociones
que merecen o piden ser tratadas en otro tiempo fílmico. El corto
debe estimular, conmover y sobre todo sorprender al espectador y no
porque utilice efectos visuales o escenas estremecedoras, sino por la
capacidad (y cualidad) de evocación o significación que
puedan contener sus historias.
Eso es precisamente lo
que llamará la atención en varios de los cortos que se
presentaran en la muestra española durante estas jornadas. Será
el caso por ejemplo de El viaje, dirigido por Toni Bestard, donde el
poder de la imaginación humana y especialmente de dos niños,
queda sublimado ante la presencia nada más y nada menos que de
la propia muerte. Sus dos pequeños protagonistas hacen gala de
tan sorprendente creatividad que el impacto emocional que para ellos
puede significar la visión de un cadáver en un basurero,
es reconfigurado gracias a sus propias capacidades de soñar y
evocar o para ser más exactos, de suplantar la inercia y el horror
desde su propia inteligencia y vitalidad.
Siguiendo los cauces del
thriller convencional, dos cortos españoles titulados Brasil
y Tercero B, pretenden sorprendernos apelando a todos los atributos
del género: personajes oscuros y ambiguos, situaciones sórdidas,
engaños sentimentales, puertas que se abren abruptamente, suspenso,
peleas y persecusiones en pasillos, sombras en las paredes, sonidos
no diegéticos y…. cosas por el estilo, representadas quizás
en el segundo de ellos, de una manera más eficaz.
Cortometrague, dirigido
por José Manuel Meneses acude al estilo más tradicional,
pero alejado de los bellos, corpóreos y vivos dibujos implantados
por Disney para desde la sencillez y eficacia contar su breve fábula
inspirada tal vez en aquello de «quien ríe último
ríe mejor». Otro realizador, este, Javier Tostado al frente
de su equipo decide utilizar la difícil técnica de animación
con plastilina a la que se le integra diegéticamente un actor-personaje
en un argumento que se desplaza hacia el terreno de la ficción
dentro de la ficción.
Y hacia ese territorio confuso
donde se confunden ficción y realidad, verdad y representación,
dirigen su mirada Luís Moreno con 250 bocadillos de mortadella
y José L. Martínez con Informativos. La historia del niño
que se ha quedado flotando tras un acto de magia practicado en el teatro
de un pequeño pueblo o la de una pareja de conductores radiales
uno de los cuales le declara su amor en vivo y ante los micrófonos
a su colega, pretenden desde el humor y el absurdo ofrecer una visión
crítica del cinismo y la falta de profesionalidad que asiste
a buena parte de los medios en el mundo de hoy.
La muestra española
cierra con dos cortos de carácter más introspectivo y
dramático. El balancín de Iván aborda el período
inicial de la dictadura militar argentina en una reconstrucción
o flash back de aquellos dramáticos momentos cuando el desconcierto,
el temor y la posibilidad real de la muerte aterrorizaban a un matrimonio
con dos hijos pequeños escondidos en una casa de la periferia.
Terminal dirigido por Altzol Aramalo es protagonizado por el argentino
Miguel A. Solá en el papel de un operario de estación
de ómnibus, quien vive —en un discurso sobre la soledad
y la indolencia desde la distancia y a modo de voyeur— su propia
experiencia erótica con una prostituta.