Edesio Alejandro: por ser como eres
Por Lourdes Pasalodos

Caricatura de Edesio AlejandroUna no siempre conoce a alguien el día que lo ve por primera vez; lo que sucede en ese encuentro la mayor parte de las veces escapa a la conciencia; una de modo natural registra una gran cantidad de información —que se detiene a procesar de inmediato o no. De esos intercambios iniciales van quedando imágenes; hechos, con los que construimos a la persona que comenzará a ser —a partir y desde—nuestra mirada.

A Edesio Alejandro lo había visto antes; mucho antes, de aquella tarde en que pasó por la casa de una amiga común y dijo —detenido en el umbral de la puerta—, que iba a empezar a cantar. «¿Con esa voz?», le respondió ella con tanta sorpresa como desconfianza en el éxito. «Con esta, que es la única que tengo.»

Y se fue.

La segunda vez —no que lo vi, sino que lo metí o se coló en mi cabeza, estábamos en una de aquellas peñas memorables de El Caimán Barbudo, fraguadas en la década de 1980 por Bladimir Zamora, y Edesio tenía el pelo tan, pero tan lindo, que no pude callármelo, me le acerqué y le lancé un piropo. Lo más probable es que él no lo recuerde; yo en cambio no he podido olvidarlo porque era un acto sin precedentes en mi manera de ser. Alguna que otra vez me he detenido a pensar por qué lo hice y lo único que se me ocurre es que me estaba adelantando, poquito a poco, a una relación de amistad que sería inevitable.

Pero fue algunos años más tarde cuando volvimos a vernos en Montreal según mi memoria que es más antojadiza que cronológica. Era el duro año cubano de 1993. Entonces aquella cabellera rubia, ondulada y larga, había sido suplantada por un corte punk, cuyo complemento eran varios aros de plata en alguna de sus orejas (¿o era en las dos?). Ambos estábamos en Canadá por razones de trabajo. A mí me iba bien; a él personas poco serias le habían dado lo que en buen cubano se llama un «señor embarque».

Edesio estaba a punto de quedar sin alojamiento, no tenía dinero y ni poniéndose cuatro pantalones, cinco suéters y tres pares de medias juntos como llevaba encima aquel día, podría resistir la temperatura de menos treinta grados —y aun más baja por el factor viento—que, de tan sostenida, llegó a convertirse en la temporada más brutal de los últimos cincuenta años.

El Consulado de Cuba tuvo la feliz iniciativa de informarnos sobre nuestras presencias respectivas en Montreal y de hacer posible un encuentro que de otra manera no hubiera ocurrido en esa ciudad inmensa, fascinante y para mí entrañable. Y eso fue lo mejor que pudo pasarnos a los dos, porque allí —creo yo—nos hicimos hermanos.

Qué maravilla poder departir con un cubano al que una ya quería y respetaba; qué maravilla que alguien la ayudara a cruzar una calle de ese modo gentil que en Norteamérica se toma casi como una agresión al espacio personal; qué maravilla que alguien posara con calidez su mano en el hombro, aunque este estuviera sepultado algunos centímetros debajo del abrigo.

Compartimos el pan y la batalla, pero en verdad eran tan poco serios los supuestos anfitriones de Edesio, que se solo cabía una salida honrosa: apresurar el regreso a casa —con las manos vacías de promesas desvanecidas—, donde Idolka aguardaba para sanarle amorosa del revés.

Era Navidad, su decisión de regresar antes de lo previsto era un hecho, pero faltaban aún algunos días para tomar el avión y su bolsillo estaba vacío. Amigos debutantes —exiliados chilenos y uruguayo, unos; cubano emigrante, el otro—, le ofrecieron de inmediato cobija, abrigo, alimento...; pero un hombre (o una mujer) honorable necesita valerse por sí mismo(a), aunque agradezca el gesto noble. De tal suerte, un grupo cualquiera invita al músico a tocar en algún sitio, en tanto otra persona le propone ir a lavar platos.

Y yo muriendo.

La noche del 31 de diciembre de 1993, Edesio Alejandro Rodríguez Salvá fue a lavar platos a un restaurante de Montreal.

Y yo muriendo.

Esa era la mejor opción; no porque no fueran buenas personas las del conjuntico y lo hubieran invitado de todo corazón (latino) para tirarle un cabo (al hermano de Cuba); no porque no fuera a ganar más o menos lo mismo, sino porque él sabe qué lugar ocupa como músico; su responsabilidad, y prefirió que el hombre hiciera aquel trabajo digno, mientras el artista dejaba en su sitio a los supuestos anfitriones y al conjunto de marras.

Aquellas semanas me habían ido entregando a un hombre de aparentes extravagancias, tan inauditamente tímido y humilde, que durante una entrevista radial tuve que meter la cuchareta para que los oyentes supieran que el músico que les hablaba no era un advenedizo.

El talento y la ética no siempre van de la mano; como tampoco la bondad y la humildad acompañan al genio.

Pero todos deben saber que Edesio Alejandro es un gran artista para quien es imposible vivir sin humildad y sin ética; y que ocupa un lugar allí donde —ni primero ni último—pocos pueden llegar. Es el espacio de la voluntad, del esfuerzo íntimo; del aliento familiar —como es el caso—, no de la gracia innata.

Por todo lo que significan —el artista y el hombre—, dialogar con él durante la III Muestra de Nuevos Realizadores es una oportunidad que no hay que perder.

¿Debo decir que Edesio cultiva con virtuosismo la música popular y de concierto; que sus obras para cine alguna vez habrán de estudiarse con detenimiento y profundidad?

Un día tal vez; hoy no: he aguardado diez años para revelar lo aquí revelado, cuando una obra mucho más rica y numerosos premios no le han subido los humos a la cabeza.

Gracias, Edesio, por tu música toda; por ser como eres; y por aquel, el más hermoso acto de Navidad que vi nunca jamás.