«Y
en un Festival, si la función es cultural y no turística
o comercial, un film debe ser vuisto varias veces y debatido con profundidad
para saber realmente hasta qué punto puede contribuir al esclarecimiento
de cuestiones inherentes al hombre y a la sociedad»
Glauber Rocha
Nuestra
alma mater fue la Escuela de Letras y Artes, un recinto que tenía
mucho de paraíso y bastante de infierno, un virtual nido de
escorpiones, aunque todos no gozaran de la lezna. Sin embargo, Fernando
Pérez, aquel muchacho de espejuelos, enjuto, espigado ?que
no tenía barba ni bigote? , era desde entonces para muchos
de nosotros un hombre bueno. Un ser sencillo y natural, ajeno a la
vanidad y a las ínfulas de un gremio que solía perdonarle
la vida a sus profesores. (Increíblemente, Fernando es un escorpión
del 19 de noviembre de 1944. Me alegro de compartir el signo y el
año, aunque no el mes, y una amistad nacida en la adolescencia.)
La primera imagen que brota en mis
recuerdos es un Fernando con camisa a cuadros, novio de una de mis
mejores amigas, una mulatona alegre y sonriente, que no sería
su esposa. Él estaba en segundo año y nosotras en primero.
Trabajaba en el ICAIC y ya soñaba con dirigir su primer largometraje
de ficción, cosa que solo materializaría a los cuarenta
y tres años al realizar Clandestinos, en 1987.
También recuerdo que en una
encuesta de críticos cinematográficos realizada entonces
entre cubanos y extranjeros al consultárseme mi opinión
voté por Clandestinos, su ópera prima, como la mejor
película de ese año. Y es que este escorpión
es un Ave Fénix que no se deja vencer por las dificultades
y por los avatares de la vida. Yo admiro al cineasta, porque respeto
su obra, pero, y sobre todo, quiero al ser humano, que es todo fibra
y nervios. Sé cuánto luchó y sufrió junto
a su hermana Trini, ante la prolongada enfermedad de su madre, a la
que perdería cuando estrenase La vida es silbar. También
sé que no viajo ni a Checoslovaquia ni a la Unión Soviética,
como otros jóvenes realizadores, para seguir estudios cinematográficos
y formarse académicamente. Su familia fue lo primero: ayer,
su madre; hoy, su hijo e hijas.
Soy de quienes piensan que el talento
debe estar acompañado de laboriosidad y sentimientos. Por eso
mi primer respeto es al hombre Fernando Pérez; y mi segundo,
al cineasta Fernando Pérez que, en esencia, es un solo ser
humano, un artista.
Porque solo un ser excepcional por
su sensibilidad y su inteligencia, podría realizar Madagascar,
La vida es silbar y Suite Habana, la trilogía de filmes que
ha expresado en Cuba ?desde la década de 1990 y hasta los primeros
años del siglo XXI? la compleja realidad de la sociedad contemporánea,
sin falacias ni edulcoraciones: con auténtica calidad artística.
Fernando Pérez es un poeta,
el continuador de Tomás Gutiérrez Alea, con quien debutara,
en calidad de asistente, cuando aquel filmó Una pelea cubana
contra los demonios. De su maestro aprendió el rigor, la exigencia,
el profesionalismo y una mirada crítica que, en su caso, tiene
una explícita dosis de ternura, rasgo este que lo diferencia
del discurso de Titón, e individualiza, la maestría
de Fernando Pérez Valdés en la historia del cine cubano.
El público acude a las salas
a ver sus películas porque lo identifica como autor. Sabe de
su honestidad, del sentido problémico de sus propuestas, y
aunque muchos espectadores polemizan con el realizador no pueden menos
que, hacerse copartícipes de los temas e historias que nos
presenta. Desde Memorias del subdesarrollo no se había producido
un fenómeno de igual intensidad al que se dio con Suite Habana.
Sé de opiniones muy contradictorias. De lágrimas y sollozos;
de silencios; y también de rabia. Conocí de la ira de
algunos espectadores que no entendieron el filme. Pero, esencialmente,
esta obra ha tenido la virtud de conmover a todos y de involucrarnos
en una reflexión colectiva.
No creo que ni en la literatura ni
en el teatro, ni tampoco en los medios audiovisuales cubanos se haya
alcanzado un punto de mayor trasparencia en los últimos veinte
años como el conseguido en Suite Habana. Hace unas semanas
conversábamos Fernando y yo sobre la reiterada presencia de
Quiéreme mucho. Primero en Magascar, y luego en Suite Habana.
Fernando me decía que para él, era «la canción
del buen amor», de ese amor que se crece ante las dificultades,
los obstáculos, las miserias de toda índole: es el amor
a la Patria y Cuba en el corazón, la Cuba que nos duele porque
la amamos.
Hay otro elemento que quiero destacar,
y es la fluidez del diálogo que se establece entre Fernando
Pérez y los jóvenes que, junto a las mujeres, son los
más reiterados protagonistas de su filmografía. Su propio
hábitat familiar, la presencia de los amigos de sus hijos,
así como su condición de profesor en la Escuela Internacional
de Cine, Televisión y Video de San Antonio de los Baños,
le han permitido establecer los puentes con las nuevas generaciones
y, como es un hombre libre de dogmas y de prejuicios ?que rechaza
la tolerancia, porque asume la aceptación de la diversidad?,
puede mantenerse vivo, libre de esquemas, como lo manifiesta en sus
producciones, signadas por una experimentación , a la que no
le falta cierta dosis de nostalgia y melancolía.
Por todas estas razones, por la amistad
que nos une, y porque firmemente creo que es una de las voces mayores
del cine en nuestro idioma a escala mundial, realicé el proyecto
de mi libro Fernando Pérez: el silbo de la viva, que será
editado por el ICAIC y ARCI de Italia, donde él es el protagonista
de sus reflexiones, sus vivencias, sus experiencias y su método
de trabajo.
|