Cuba, y exactamente
su capital, fueron de los primeros lugares en Latinoamérica a
los cuales arribó la novedad tecnológica que era todavía
el cinematógrafo en enero de 1897. Representante de los hermanos
Lumiere fue Gabriel Veyre, quien además de servirle de embajador
al invento de los franceses, también realizó en La Habana
el primer filme cubano con ambiente cubano de que se tienen noticias:
Simulacro de incendio, también en 1897.
Un carácter marcadamente
nacionalista y patriótico tuvo la esporádica producción
cinematográfica durante las dos primeras décadas del siglo.
El principal pionero y animador fue Enrique Díaz Quesada, de
cuya amplia producción (El capitán mambí,
La manigua o La mujer cubana, El rescate de Sanguily)
solo se conserva el corto documental El parque de Palatino.
A finales de los años
veinte se logra cierta estabilidad en la producción, pero los
filmes alcanzaban muy escasa calidad, eran obras artesanales, ingenuas
y con muy escasos valores artísticos. Es el momento en que Ramón
Peón, otro de los principales fundadores de una cinematografía
cubana, realiza la memorable La virgen de la Caridad (1930),
considerada por algunos historiadores uno de los filmes latinoamericanos
más importantes de este periodo.
Desde 1920 existían
noticiarios sistemáticos, algunos de los cuales constituyen el
más importante testimonio audiovisual de lo que era Cuba por
esas fechas.