Rufo Caballero
El personaje de Cecilia Valdés constituye la mayor referencia gráfica de que disponemos para entender la experiencia de la Colonia cubana.
Situado en el siglo XXI, el cubano puede escoger entre dos referentes posibles: la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, publicada en 1879, cuando de la Colonia quedaba poco; o la Ceciliade Humberto Solás, rodada en 1981, cuando la distancia de un siglo en relación con la novela, y de siglo y medio respecto a la época de los acontecimientos que narra la historia, permitió al cineasta ofrecer una interpretación marxista y esteticista de la tragedia.
Los sucesos de la ficción, con una indudable base histórica, se remontan a La Habana entre 1812 y 1831. ¿Cómo aproximar hoy aquellos días? ¿Desde el costumbrismo, el folclorismo y el pintoresquismo del excelente Villaverde; o desde la poesía sombría, desde el horizonte mustio que según Solás bañaba La Habana? Pienso en el joven de hoy; en cubanos que han crecido —también ellos— frente a la imagen de un televisor. Es bastante más probable que el joven de hoy se adentre en la Colonia cubana a partir de las imágenes de Solás que de las descripciones abundosas de Villaverde.
¿Qué ganaría a merced de Solás?
Pasaría de las digresiones, de los circunloquios, e iría pronto a la médula de la historia y de la época. Solás sacrificó el color local y el atractivo del dibujo grueso de Villaverde. Adensó la tragedia, subió la intensidad del conflicto y ofreció una amena lección de Historia. Los jóvenes que se aproximan hoy al fresco trágico de Solás aprenden más de Historia que si leyeran diez ensayos sobre la Colonia, al tiempo que disfrutan un argumento emocionante, que pierde la distinción entre la racionalidad y la locura.
Pero Cecilia fue y es mucho más que una película. Cecilia fue y es una circunstancia cultural, la disposición de todo un país a revisar sus clichés. Tal vez más de la mitad de esta sala no consiga recordar hoy el cisma enorme que supuso Cecilia para la cultura y la sociedad cubanas. Cuando se estrenó, a comienzos de los años ochenta, a sólo meses de la década gris, la televisión se lanzó a la calle para grabar repulsas al filme. Era una cuestión de honor abuchear Cecilia. Quien no odiara Cecilia no era suficientemente revolucionario. La Historia, sin embargo, es tan paciente como para saber aguardar lo necesario. Hoy día, en Cuba, no se es suficientemente revolucionario si no se comprende la operación histórica de Cecilia. Lo que casi treinta años atrás fue entrevisto como cabildeo e impudicia, hoy se aplaude como sensatez y conocimiento profundo. Entonces no se pudo entender que Solás se diera la libertad de las mareas y, artista como era de los pies a la cabeza, virara la anécdota al revés. La anécdota y sus connotaciones. En nombre de un nacionalismo chauvinista y provinciano, no se entendió que la interpretación de Solás correspondía más a las demandas de la lógica revolucionaria que el letargo pintoresquista de Villaverde. Solás entregaba una película irreverente, audaz como tiene que serlo el arte todo, y, a la vez, una interpretación que corría más con los tiempos, en la medida en que mostraba una Colonia más amarga, desahuciada, menos complaciente, terrible.
La recolocación cultural de Cecilia que vivimos hoy es una victoria de la lucidez frente a la necedad; una conquista del entendimiento frente a la obcecación. El rescate de Cecilia resitúa la autoestima nacional, siempre que nos enseña que no hay proyecto de nación y de cultura que no necesite ser repensado con cabeza propia. El grito de libertad que emitió Solás con su Cecilia era el reclamo lúcido a la capacidad de pensar con cabeza propia una Historia que pertenece a todos, en la vida de todos los días y no en el campamento sacrosanto del Museo. Hoy ese reclamo, estético e ideológico, es escuchado. Ya no está Humberto para saborear el triunfo, pero estamos los testigos de una hermosa historia de restitución, con la cual el país se sacude la rémora de la parametración y de la exclusión de sus hijos cabales e inteligentes.
Ningún cubano puede escapar jamás de la última gran secuencia de Cecilia, con Daisy Granados, enloquecida, convertida de Ochún en la Virgen de la Caridad, como la Colonia ella misma, como la tragedia ella misma, vagando por las calles habaneras, con la corona puesta en la cabeza pero a punto de caer de un campanario. Esa era Cuba. Esa imagen de Daisy era Cuba. Hoy lo sabemos. Ningún cubano puede dejar de gozar y de padecer, a partes iguales, aquella escena teatral, sobrehistriónica, maravillosa, donde Miguel Benavides se para en la puerta de la iglesia, a hacer justicia. Presunta justicia. Benavides, Pimienta, el mulato cubano, el independentista, el libertador, con el hacha doble de Changó en ristre.
Y un Leonardo inocente a punto de morir. Y una espléndida Rosa Gamboa interpretada como la mejor diosa trágica por Raquel Revuelta. Y la preciosa Isabel Ilincheta de Eslinda Núñez, que no entiende nada del intríngulis de una historia embrollada que terminará en la sangre. Y una cámara que no cesa de rondar a los personajes, como una fiera a punto de devorarlos. Una de las mayores experiencias estéticas y éticas a las que puede exponerse nunca un cubano.
Han transcurrido casi dos siglos desde aquellos días presurosos que nos cuenta la historia. Y no sé por qué ahora, en circunstancias muy otras, veo a la entrada de este cine no a Pimienta sino a otro hombre, impecablemente vestido de blanco. Trae un girasol en la mano, y viene a seguir haciendo justicia, a desbrozar otra vez el camino. |