Revista Cine Cubano
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A PROPÓSITO DE...

MEMORIA, AGUDEZA Y CONFRONTACIÓN

Por: Pedro de la Hoz

9na. Muestra de Nuevos RealizadoresAl cabo de nueve ediciones, la Muestra de Nuevos Realizadores es un espacio consolidado y digno de atención. Lo que en un principio parecía utopía de improbable destino, ha devenido territorio para la anticipación y la decantación del talento en un arte que por sus  características implica recursos técnicos y logísticos no solo para llevar a término el proceso creativo sino también para asegurar su recepción pública. La Muestra es, sobre todo, un programa de trabajo, un proyecto de relación permanente de la institución con los jóvenes profesionales en el escenario audiovisual cubano.

El ICAIC, que auspicia la Muestra con el apoyo de la Asociación Hermanos Saíz y de varias instituciones culturales, ha facilitado su infraestructura para la organización del evento y para la promoción y exhibición de los materiales seleccionados. No se trata de un acto de paternalismo ni tampoco de una transitoria negociación. Es un compromiso nacido de la exigencia de una política cultural que apuesta por una concepción responsable e inclusiva, imprescindible para la renovación generacional y estética del audiovisual cubano. Cierto es que las innovaciones tecnológicas en el campo de la grabación y procesamiento de imágenes han propiciado una mayor posibilidad de hacer cine, pero para que ese cine se haga visible se debe acompañar de esa voluntad política que no ha faltado aun cuando se conocen las graves limitaciones materiales y financieras por las que atravesamos.

Se ha dicho, con sobradas razones, que los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus padres. Y se sabe también que el arte, por naturaleza, no existe sin conflictos, sin desgarramientos, sin experimentación, sin propuestas aventuradas, sin pasión. En tiempos difíciles y ante realidades complejas, el cine no puede dejar de cuestionar, indagar, reflexionar y romper esquemas.

En la Novena Muestra ello se hizo evidente, en mayor o menor medida y, claro está, a partir de las individualidades creadoras. Pedro Luis Rodríguez aportó El cuarto 101, cortometraje de ficción en el que atmósfera, dramaturgia y recursos expresivos se anudaron en una producción de notable intensidad. Y con el documental Que me pongan en la lista, una mirada crítica y comprometida sobre determinadas disfunciones que afloran en los mecanismos de participación ciudadana.

Sumamente inquietante, para bien del espectador, es El mundo de Raúl, de Jessica Rodríguez (la recordamos por Tacones cercanos) y Zoe Miranda, en la línea de algo que se ha dado llamar el falso documental (de este toma el lenguaje, aunque la construcción es propia de la ficción). El diseño dramatúrgico fríamente calculado de esta obra contrasta con otra posibilidad expresiva, en la que se explaya I love pop, de Alejandro Arango, intencionado y frenético collage de videos bajados del sitio You Tube, que articula las razones y sinrazones de la era digital.

En medio de un abanico tan abarcador, que incluye la presentación de animados, videoarte, intercambios generacionales, debates, clases magistrales, lanzamiento de publicaciones, la proyección de Revolution, de Mayckell Pedrero, marcó la diferencia entre la indagación responsable y la transgresión a ultranza. Puede y debe admitirse, desde el arte, la crítica más acerba a situaciones donde el burocratismo, la insensibilidad o la incomprensión afectan la promoción de fenómenos socioculturales emergentes, como es el caso del hip hop, pero los planteamientos de los protagonistas del documental, en algunos temas y sobre todo en sus entrevistas, pretenden hacer tabula rasa de nuestra sociedad, pecan por exceso y parten de un enfoque panfletario que se aísla en sí mismo.

Pero la Muestra, en el devenir de sus resultados, trasciende lo episódico. Merecen respeto y aliento aquellos jóvenes realizadores que  tomaron conciencia de la preservación de nuestros valores patrimoniales. Frente al espejo, de Maysel Bello, homenaje a Eslinda Núñez; Hasta Santiago… y, de Richard Abella, tributo a Santiago Álvarez y el Noticiero ICAIC; Inmóvil, de Luis Miguel Cruz, revisión nostálgica de los equipos de cine ambulante; Salvador de Cojímar, de Ernesto Sánchez, excelente aproximación a la impronta de Salvador Wood; y el esperado Eso que anda, de Ian Padrón, sobre Los Van Van, se inscriben en ese rango.

La Novena Muestra, en sentido general, demostró que con los jóvenes realizadores hay que contar, y que constituyen un fenómeno que, como mismo se manifiesta en las estribaciones de la Sierra Maestra (Televisión Serrana), se da en las 11 provincias representadas en esta novena edición del evento. Más que promesas, muchos de ellos ya están haciendo, junto a los consagrados, el audiovisual cubano de nuestra época.

Fuente: La Jiribilla

MENSAJE DEL INSTITUTO CUBANO DEL ARTE E INDUSTRIA CINEMATOGRÁFICOS A LOS CINEASTAS CHILENOS

Hermanos:

Consternados hemos visto las imágenes dantescas provocadas por el sismo de 8,8 grados (Escala de Richter) que ha golpeado la zona centro-sur de Chile, y las repetidas entradas del mar en las áreas costeras.

Las agencias noticiosas hablan de que las víctimas fatales podrían ascender a la cifra de 800, pues los trabajos de búsqueda y rescate entre los escombros no han concluido aún.

A través de ustedes, nuestros hermanos de trabajos y sueños, queremos hacerles llegar la incondicional solidaridad de los cineastas cubanos, que sentimos como propio el dolor que esta catástrofe le causa a todo el pueblo chileno. Transmítanle, asimismo, nuestras condolencias a aquellos que han perdido a seres queridos, sin duda la más lamentable consecuencia de este tipo de eventos naturales.

Sepan que acá, en Cuba, nos tienen como siempre: al alcance de un abrazo.

Fraternalmente,

Omar González
Presidente del ICAIC


SEGUIMOS HACIENDO CINE

Carlos E. León

9na Muestra Nacional de Nuevos RealizadoresVíspera del Grito de Baire, arranca la 9na. Muestra de Nuevos Realizadores, creada y defendida por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos. Arranca “con esa fuerza más”; con el decir de los jóvenes que están necesitados de hacer Patria –que es decir lo que sienten en su maravillosa Isla.

De la mano del presidente de esta Muestra, Fernando Pérez, ha sido posible revelar las ansias de una generación que acompaña a Cuba sin remilgos.

A las dos de la tarde de la víspera referida, se exhibía en la Sala Chaplin –en función única- Chamaco, una película de Juan Carlos Cremata Malberti.

Una vez más este realizador hace suya una obra de teatro –esta vez de Abel González Melo-, ya había incursionado en estas lides con un clásico de las tablas cubanas como El premio flaco –de Héctor Quintero-, a mi entender con todo éxito.

Chamaco es una propuesta valiente y surgidora, salida del corazón de la Habana profunda, de sus dolores y sus desatinos. El cine cubano sigue insistiendo en este tema; recordar Barrio Cuba, de Humberto Solás, y Los dioses rotos, de Ernesto Daranas, por citar lo que más rápido me viene a la mente.

Cremata repite con la destreza y la sabiduría de actores como Alina Rodríguez y Luis Alberto García, que alterna con poco conocidos en la pantalla grande, y logra establecer el balance. Una vez más se coloca como un certero director de actores.

Ya era conocido, para este director, su afición a la familia. Y Guillermo y Amaury Ramírez Malberti lo secundan en un entendimiento total, en la dirección de arte, el primero, y en la música el segundo.

Dejemos un tanto la película de Juan Carlos, porque este texto está más bien centrado en la inauguración de esta 9na. Muestra de Nuevos Realizadores.

A las ocho de la noche de esta misma víspera se inauguró oficialmente la Muestra. Para que esa hermosura hubiera sido posible, habría que hablar de las personas que, desde hace meses, se empeñan en lograr una fiesta del cine joven con elocuente seriedad: su Comité Organizador, y todas y todos sus colaboradores. Como ya se sabe las nóminas siempre son largas y aburridas; pero nombres como Marisol, Danae, Miriam, Silvita, Carolina, Martha, Yumei, son imprescindibles.

Juan Carlos Cremata también es el director artístico de este comenzar. Comenzar novedoso y poco visto en la Sala Chaplin. Decidió –con toda su experiencia en el mundo del teatro y del espectáculo- hacer una “inaugur-acción”. Así tuvo una suerte de “cuerpo de baile” que pobló los pasillos del cine, fueron hacia el proscenio, y allí se desprendió una tela –a guisa de pantalla- en la que se proyectó todo el afán de la Muestra, y un reconocido y hermoso homenaje a Humberto Solás –realizador a quien se le dedica.

La tela en cuestión se convirtió en bandera cubana que pasó radiante sobre nuestras cabezas, para que después, sin discurso oral alguno, se exhibieran tres cortos representativos.

El final fue la salida del cine, entre tambores batá, pañuelos tricolores –con nuestros colores-, y una bandera que nos acogía en el techo del vestíbulo de la sala en cuestión. Y, como si fuera poco, una enorme enseña nacional, que pendía en la fachada de nuestro ICAIC, era iluminada, para que no quedara duda de que la Patria era la protagónica.

A 115 años del Grito de Baire, que dio inicio a nuestra última guerra mambisa, seguimos haciendo Patria…, y seguimos haciendo cine.

 


CHAMACO

Por: Rolando Pérez Betancourt

Escena de "Chamaco", de Juan Carlos Cremata MalbertiLa pieza escrita por Abel González Melo posee ingredientes para el triunfo, tanto por su narración limpia de hojarascas costumbristas en una historia de trascendencia universal, como por la forma en que arma la maquinación de su tragedia. Teatro sí, pero también con un aliento cinematográfico sostenido por reveladores flashbacks (muy bien asumidos en el filme) y una impronta ocultadora de lo "que vendrá" (para no recurrir al socorrido "suspenso", que suele asociarse solo a la manera de ser concebido por Hitchcock).

Tragedia al mejor estilo griego con el fantasma del Pasolini que se nutría de las miserias de las capas marginales de su sociedad y que tanta rabia les daba a los burgueses, porque decían que la Italia que exportaba el cineasta hacía pensar en una nación podrida, olvidando que en cualquier país, en cualquier época y sistema, pueden coincidir lo mismo lo humano (terrible) con lo mejor y hasta lo divino.

Los enredos carnales de Chamaco, con un padre que se acuesta con el asesino de su hijo, quien a su vez vive con la hermana de su víctima y es acosado sexualmente por un tío político, remite de cierta forma al clásico por excelencia de la tragedia griega, Edipo Rey, de Sófocles, quien, cuatrocientos años antes de nuestra era, matrimonia al protagonista de la historia con su madre después de haberle dado muerte, involuntariamente, a su propio padre.

Enredos de la carne que en el caso de Chamaco, con un subrayado en las relaciones homosexuales, aúna el drama de ribete existencial con un trasfondo social implícito, pero no decisivo. De ahí que esta historia pueda ser plantada en cualquier ciudad del mundo con personajes surgidos de las propias entrañas de ese mundo, lo que no quita —y no podía ser de otro modo— para que el ojo presto de los autores beba en elementos disfuncionales de nuestro entorno, como son, entre otros, la doble moral y el extraviado sentido de la vida —incluido el aplastamiento espiritual— que en ciertas personas provocan las dificultades económicas y materiales.

Los que estén pensando en una crónica sociológica de connotación realista-fotográfica se equivocan. Aquí había argumento para darle entrada lo mismo a la risa fácil que al machacamiento de lo sórdido. Hubiera sido muy fácil: un joven es asesinado de madrugada en el Parque Central y el primero en revisar el cadáver es un travesti que espera por su pareja, un policía corrupto. El crimen lo ejecuta el joven protagonista, un muchacho que vende su cuerpo a cualquier precio.

Al final de la trama habrá otra muerte y con ella se sellará —de nuevo los griegos— el concepto de la violencia como catarsis purificadora de la tragedia. Y ahí radica en buena medida el gran mérito y la belleza de la obra y de la película de Cremata: en actualizar lo que pudiera considerarse una vieja recurrencia moral del teatro, e impregnarle una fuerza dramáticamente convincente en su condición de transformación humana, en especial en lo referido a los dos personajes protagónicos, el asesino y el padre de la víctima.

Parecerá extraño a los que no han visto el filme, pero al final quedará en el espectador la sensación de haber asistido a una historia muy fuerte, terrible, y a la vez hermosa y hasta optimista.

Excepto los primeros minutos de la escena inicial, con algo de representación teatral, y no obstante alguna que otra sostenida toma frontal nada criticable, Chamaco es asumida cinematográficamente en el mejor sentido del término. La fotografía, imaginativa y en función de subrayar los elementos del drama, cobra una importancia decisiva junto a la música y se corona con la recreación de la escena final, justo hasta la cual el realizador es capaz de mantener en suspenso el desenlace. Los diálogos son directos y efectivos y los siempre peligrosos monólogos encargados de desnudar el alma, son asumidos con sensibilidad por parte de los actores.

Actores en estado de gracia sin los cuales Chamaco no sería lo que es, y entre los cuales hay que destacar, en primerísimo lugar, a Aramís Delgado, como el padre del joven ultimado, y a Fidel Betancourt, como el asesino, toda una revelación cinematográfica este último.

Trascenderá Chamaco, sin duda, y los espectadores podrán apreciarlo en su momento, porque lo exhibido fue solo una copia de trabajo proyectada para la ocasión.



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